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				<journal-title>Revista Caracol</journal-title>
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				<publisher-name>Faculdade de Filosofia, Letras e Ciências Humanas da Universidade de São Paulo</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="doi">10.11606/issn.2317-9651.i25p771-802</article-id>
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				<subj-group subj-group-type="heading">
					<subject>VÁRIA</subject>
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				<article-title>Entre Moreno y Arlt: Ada María Elflein en la Patagonia</article-title>
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					<trans-title>Between Moreno and Arlt: Ada María Elflein in Patagonia</trans-title>
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						<surname>Cimadevilla</surname>
						<given-names>Pilar María</given-names>
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					<institution content-type="original">Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB). Contato: pilar_cimadevilla@yahoo.com.ar Argentina</institution>
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			<author-notes>
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					<p>Pilar María Cimadevilla (Trelew, Argentina) es Doctora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente se desempeña como docente en la Universidad Nacional de la Patagonia y trabaja como investigadora para el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).</p>
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			</author-notes>
			<pub-date date-type="pub" publication-format="electronic">
				<day>10</day>
				<month>08</month>
				<year>2023</year>
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			<pub-date date-type="collection" publication-format="electronic">
				<season>Jan-Jun</season>
				<year>2023</year>
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			<issue>25</issue>
			<fpage>771</fpage>
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					<license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons</license-p>
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			<abstract>
				<title>Resumen</title>
				<p>La escritora argentina Ada María Elflein (1880-1919) publicó en 1916 en <italic>La Prensa</italic> una serie de crónicas tituladas “Paisajes cordilleranos” en las que describe un viaje realizado junto a un grupo de mujeres por la zona del Lago Nahuel Huapi. Patrocinadas por la figura de Francisco P. Moreno, Elflein escribe a lo largo de su desplazamiento su experiencia por una región que, hasta el momento, había sido recorrida y representada casi exclusivamente por varones. En este sentido, el objetivo de nuestro trabajo consiste en analizar cómo las crónicas de la escritora periodista se vinculan con lo ya dicho por Moreno sobre la zona cordillerana en su libro <italic>Apuntes preliminares</italic> (1897), al mismo tiempo que adelantan la mirada turística e industrial que aparecerá casi veinte años después en las “aguafuertes porteñas” que Roberto Arlt escribe para <italic>El Mundo</italic> como corresponsal.</p>
			</abstract>
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>Abstract</title>
				<p>The Argentine writer Ada María Elflein (1880-1919) published in 1916 in <italic>La Prensa</italic> a series of chronicles entitled “Paisajes cordilleranos” in which she describes a trip made by her with a group of women through the Nahuel Huapi Lake area. Sponsored by the figure of Francisco P. Moreno, Elflein writes their experience throughout a region that, until then, had been visited and represented almost exclusively by men. In this sense, the objective of our work is to analyze how the chronicles of the journalist writer are linked to what Moreno has already said about the mountain area in his book <italic>Apuntes preliminares</italic> (1897), at the same time that they advance the tourist and industrial perspective that will appear almost twenty years later in the “aguafuertes porteñas” that Roberto Arlt writes as a correspondent for <italic>El Mundo</italic>. </p>
			</trans-abstract>
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				<title>PALABRAS CLAVE:</title>
				<kwd>Elflein</kwd>
				<kwd>Crónica</kwd>
				<kwd>Patagonia</kwd>
				<kwd>Viaje</kwd>
				<kwd>Paisaje</kwd>
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				<title>KEYWORDS:</title>
				<kwd>Elflein</kwd>
				<kwd>Chronicle</kwd>
				<kwd>Patagonia</kwd>
				<kwd>Travel</kwd>
				<kwd>Landscape</kwd>
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		<disp-quote>
			<p> “Los diarios mendocinos han transcripto de los diarios de Buenos Aires, la noticia de que un grupo compuesto por señoras y señoritas, en su mayoría maestras y socias del centro ´Mary O. Graham`, han emprendido viaje a las serranías de esta provincia, bajo la dirección del geógrafo doctor Francisco P. Moreno, con el propósito de visitar los lugares históricos y admirar algunos panoramas de la cordillera de los Andes, situados lejos de los caminos trillados. La noticia es cierta y me siento feliz de contarme en el grupo, animada por el saludable y ardiente deseo que prima sobre todo otro en mí, de conocer el territorio de mi patria”.</p>
			<p>Ada María <xref ref-type="bibr" rid="B11">Elflein (2018</xref>, 19).</p>
		</disp-quote>
		<p>En la cita del epígrafe, tomada de una de las notas de su primer recorrido como corresponsal, Ada María Elflein esboza su programa como viajera: salir a la aventura con otras mujeres, repasar la historia nacional, contemplar paisajes remotos, alejarse de las rutas seguras, definir el carácter de la patria,<xref ref-type="fn" rid="fn1"><sup>1</sup></xref> negociar para alcanzar “el ardiente deseo” de recorrer lugares ignotos. Con la intención de alentar a los “ángeles del hogar” (<xref ref-type="bibr" rid="B21">Masiello, 1997</xref>, 76) a salir del espacio privado para conocer a través del cuerpo, la escritora periodista se inserta en una tradición de textos inaugurada por varones. Porque como señala Vanesa Miseres: “Al reparar algunas de las características de las tipologías tradicionales […], es posible determinar que tanto en sus categorizaciones como en sus convenciones discursivas, el relato de viajes ha privilegiado a un sujeto de la narración y a una perspectiva masculina” (<xref ref-type="bibr" rid="B22">2010</xref>, 37). En este sentido, veremos cómo a lo largo de las crónicas el objetivo de Elflein (invitar a otras mujeres a viajar solas y confrontar lo ya dicho por otros viajeros sobre la región) entra en tensión con cierta búsqueda por enaltecer las travesías realizadas por los grandes nombres de la tradición del viaje al extremo sur.</p>
		<p>Nacida en 1880, hija de padres alemanes y criada en Buenos Aires, Elflein se recibe de maestra a los veinte años y, gracias a su poliglotismo (al que se suman también los contactos de sus padres), comienza a trabajar como traductora para Bartolomé Mitre. Rápidamente, luego de haber publicado en 1905 su primer cuento, se convierte en parte del <italic>staff</italic> de <italic>La Prensa</italic>. Instalada en una salita que, tal como señala Claudia Torre, puede ser considerada como “cuarto propio” o como espacio de reclusión (<xref ref-type="bibr" rid="B31">2013</xref>, 225), la escritora inicia su carrera periodística con un sueldo fijo. Consciente de sus privilegios y avocada a su profesión,<xref ref-type="fn" rid="fn2"><sup>2</sup></xref> Elflein se esfuerza hasta convertirse en la primera mujer nombrada miembro de la Academia Argentina de Periodismo.</p>
		<p>Sin caer en la tentación de considerarla como una excepción a la norma y, teniendo en cuenta que “la consolidación de los estados nacionales a fines del siglo XIX junto con la consecuente modernización e industrialización requirieron la entrada masiva de mujeres en la fuerza de trabajo y en la maquinaria del Estado” (<xref ref-type="bibr" rid="B29">Szurmuk y Torre, 2018</xref>, 191), la propuesta de este artículo consiste en indagar las notas que escribe a propósito de su viaje por el lago Nahuel Huapi y alrededores para observar de qué modo las representaciones del espacio que configura en sus textos pueden ser pensadas como el eslabón que conecta, tensiona y discute, los escritos de Francisco P. Moreno con las aguafuertes patagónicas de Roberto Arlt.<xref ref-type="fn" rid="fn3"><sup>3</sup></xref> Si bien fueron muchos los viajeros que recorrieron la Patagonia luego del desplazamiento de Moreno y antes del recorrido de Arlt, nos interesa el caso de Elflein no sólo porque sus notas configuran uno de los pocos registros sobre la mirada de la mujer viajera, sino también porque realizó un recorrido similar al del científico y al del aguafuertista. En este sentido, creemos que, a la hora de estudiar los textos enmarcados bajo el título “viaje a la Patagonia”, es preciso preguntarse qué zonas efectivamente recorrió (o imaginó) el sujeto viajero, de qué modo el territorio visitado impacta en la mirada y en la representación del paisaje (no es lo mismo la monumentalidad de la cordillera, que la monotonía de la meseta o la inmensidad de la costa) y cuáles son las imágenes previas sobre la zona que circulaban textual o visualmente.<xref ref-type="fn" rid="fn4"><sup>4</sup></xref>
		</p>
		<p>¿De qué modo las crónicas de Elflein logran rendirle homenaje al coleccionista del Museo de Ciencias Naturales, al mismo tiempo que fundan un modo de ver el espacio que adelanta los panoramas turísticos e industriales que, años más tarde, aparecerán en las aguafuertes patagónicas de Roberto Arlt? ¿Cómo hace la escritora para insertarse en esta tradición? ¿De qué manera convierte el viaje y la aventura en un tema de mujeres?</p>
		<p>Siguiendo estos interrogantes estudiaremos, entonces, tanto las notas como las fotografías impresas entre marzo, abril y mayo de 1916 en <italic>La Prensa</italic> con el objetivo de observar, en primer lugar, de qué modo Elflein se asume en sus crónicas como discípula de Moreno a la vez que se esfuerza en ingresar el “nosotras” en la tradición del viaje a la Patagonia. Luego, en una segunda instancia, analizaremos esta serie de notas y las imágenes con las que fueron publicadas en relación a las “aguafuertes patagónicas” que Arlt escribe en 1934 para indagar cómo la mirada turística e industrial que el escritor periodista imprime en su producción ya figuraba, en parte, en “Paisajes cordilleranos”.</p>
		<sec>
			<title>LA DISCÍPULA</title>
			<disp-quote>
				<p>“¡No hay mujer -y eso lo escuchamos nosotras que somos mujeres- que resista semejante jornada!”</p>
				<p>Ada María <xref ref-type="bibr" rid="B11">Elflein (2018</xref>, 19).</p>
			</disp-quote>
			<p>Con poco más de veinte años, Francisco Moreno inicia en 1873 una serie de viajes más allá del límite del Río Negro que lo convertirán en poco tiempo en una figura-institución. Su espíritu de coleccionista forjado desde temprana edad, sus estudios y los diferentes viajes de exploración realizados en su juventud le permitieron crear, casi en simultáneo a la fundación de La Plata (1882), el primer museo de la ciudad (1884) vinculado estrechamente a la llamada “Conquista del desierto”: “La misión del Museo de La Plata sería la de fundar no sólo una historia de la patria sino un modelo que permita ver el pasado y el presente de manera simultánea, como un continuo coherente con los logros políticos de la administración del presidente Roca” (<xref ref-type="bibr" rid="B19">Livon-Grosman, 2004</xref>, 136). Si bien su libro más reconocido es <italic>Viaje a la Patagonia Austral</italic> (1879), en el cual relata el éxito de su expedición hasta el nacimiento del Río Santa Cruz (no olvidemos que Moreno llega a donde Darwin y Fitz Roy no llegaron), nos detendremos aquí particularmente en un libro posterior, <italic>Apuntes preliminares sobre una excursión á los territorios del Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz</italic>, publicado por el mismo Museo en 1897 (el cual describe una expedición por la Patagonia argentino-chilena a la altura del lago Nahuel Huapi), para observar cómo las representaciones espaciales que allí figuran son invocadas y reversionadas por Elflein en las notas que, veinte años después, escribe a propósito del viaje que realiza por la región avalada por el mismo Moreno. Como veremos, el cruce entre ambas producciones no sólo radica en el itinerario, sino en el vínculo efectivo entre el coleccionista y la escritora, ya que las mujeres que viajaron con Elflein participaban del Centro “Mary O. Graham”, dirigido por el mismo Moreno. Si bien el científico no las asiste en este recorrido, el grupo recorre la zona bajo su tutela: “solicitamos al Doctor Francisco P. Moreno los consejos de su experiencia, pues ninguno como él conoce aquellas regiones, por haberlas recorrido palmo a palmo” (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Elflein, 1916a</xref>).</p>
			<p>De acuerdo con esto, nos proponemos observar aquí el modo en que la escritora se asume como discípula del naturalista, a la vez que configura un tipo de mirada novedosa sobre la región. Sin olvidar los hechos en torno a la matanza liderada por Roca, el ímpetu de “progreso” y la necesidad de reforzar la identidad nacional, Elflein continúa y a la vez tensiona las descripciones “objetivas” del científico e ingresa a las representaciones del escenario patagónico el “nosotras” y las imágenes turísticas.</p>
			<p>En este sentido, encontramos que en la primera crónica de “Paisaje cordilleranos” la escritora inserta dos de los temas centrales de la serie: lo inconmensurable del paisaje y su condición de mujer viajera. Así, luego de mencionar la imposibilidad de la palabra a la hora de describir los panoramas naturales -“He visto paisajes y escenas que pluma ni pincel podrán jamás reproducir en todo su encanto natural o su salvaje majestad” (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Elflein, 1916a</xref>) -, refiere:</p>
			<disp-quote>
				<p>Y, éramos tres mujeres, indefensas según el decir de las gentes; pero defendidas por la cultura argentina que en los más remotos rincones de nuestro territorio muéstrase ante propios y extraños. Las autoridades nos rodearon desde el primer momento de consideraciones y respetos, y nos guiaron por medio de hombres experimentados y seguros; los pobladores nos acogieron y escoltaron con cariño; más nada vimos nosotras, en la larga extensión recorrida, tanto en el territorio argentino cuanto en el chileno que nos hiciera sospechar un peligro (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Elflein, 1916a</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>En este doble juego que por momentos nos impide discernir hasta dónde el caso de Elflein se asemeja al de Sor Juana y sus “tretas del débil” -“no decir pero saber, o decir que no sabe y saber, o decir lo contrario de lo que sabe” (<xref ref-type="bibr" rid="B20">Ludmer, 1984</xref>, 51)-, y hasta dónde la mirada de la escritora estaba completamente al servicio del Estado -“[Viajar] Es una manera y no la menos eficaz de servir a la patria” (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Elflein, 2018</xref>, 21)-, irrumpe otra intención que, de ninguna forma, obtura las anteriores, sino que agrega una nueva arista y complejiza así su perfil como viajera: luchar en pos de la emancipación de la mujer. Si uno de los objetivos de Moreno en sus recorridos era el de sumar territorio al proyecto “civilizador” argentino, el proyecto de la escritora, tal como figura en la nota inaugural del viaje por Córdoba y San Luis era otro:</p>
			<disp-quote>
				<p>Aparte de los propósitos ya expresados, me guiaba en este viaje -como en los anteriores- el interés de animar a nuestras mujeres a deponer sus temores y lanzarse a viajar; ni diré solas, pero de a dos, o tres o cuatro, independientes y movedizas, olvidadas de prejuicios y falsos escrúpulos, valientes, briosas y alegres. ¡Cuántas señoras y niñas pasan el verano tristemente en sus casas por no tener un padre, un hermano o un esposo para acompañarlas! Pienso que si se reuniesen, formaran pequeños grupos o grandes comitivas, prescindiesen de las tradiciones moriscas y salieran a gozar de las bellezas de nuestra tierra, pronto adquirirían la convicción de que en todo momento las rodeaba y protegía la exquisita cultura argentina” (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Elflein, 2018</xref>, 214).</p>
			</disp-quote>
			<p>Ciertamente, si tal como señala Szurmuk, “Elflein construyó una imagen de sí misma como maestra de escuela rural, rodeada de niños, con el fin de crear un intersticio en la sociedad de la época que le permitiera llevar una vida independiente” (<xref ref-type="bibr" rid="B28">2007</xref>, 135), nos preguntamos entonces ¿Qué hizo la escritora en ese “intersticio”? ¿Cuáles fueron sus movimientos? ¿De qué manera logró a partir de la escritura de sus “Paisajes cordilleranos” filtrarse en el largo listado de viajeros que recorrieron la Patagonia? Sin dudas, uno de los modos fue visibilizando su vínculo con Francisco Moreno.</p>
			<p>Como ya mencionamos, a diferencia del viaje anterior, en el recorrido por la Patagonia, Moreno no las acompaña físicamente. No obstante, muchas de las personas que ofician de guía durante ciertos tramos del desplazamiento encarnan su figura. Por ejemplo, comenta Elflein sobre el hombre que las acompaña a visitar el Nahuel Huapi: “Nadie más competente ni autorizado para hacerlo; pues el señor Frey fué compañero del doctor Moreno en numerosos viajes de exploración, y también miembro de la comisión demarcadora de límites con Chile” (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Elflein, 1916d</xref>). También encontramos casos en los que la escritora retoma frases del científico extraídas de sus textos -“Moreno, dice, que Suiza es una reducción habitada de la Patagonia, en esta fase de los lagos” (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Elflein, 1916d</xref>)-,e incluso vuelve sobre algunas de las anécdotas más significativas de la trayectoria del naturalista como, por ejemplo, la del secuestro comandado por Saihueque:<xref ref-type="fn" rid="fn5"><sup>5</sup></xref>
			</p>
			<disp-quote>
				<p>En una de las calles altas se levanta el símbolo de Bariloche, “el venerable del lago”, como le llama en sus recuerdos de exploración el doctor Francisco P. Moreno. Es un enorme ciprés, a cuya sombra acamparon largas generaciones de indios ha tiempo extinguidas, y donde una leyenda, tenaz como el árbol mismo, quiere que los indios hayan prendido y atado al doctor Moreno, en tiempos del poderoso Shaihueque. El hecho sucedió realmente en el lugar llamado hoy Playa Bonita, a algunos kilómetros al Oeste de Bariloche; pero los colonos han vinculado el patriarca sobreviviente de la selva, robusto y perenne, con el nombre del argentino que exploró y estudió aquellas comarcas (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Elflein, 1916d</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Así, Elflein no sólo demuestra conocer perfectamente la obra de Moreno y su misión “civilizadora”, sino que le otorga poder a su palabra: “Esta pequeña hoya figura en los mapas y es designada por los habitantes de la región, indistintamente, con los nombres de lago Frío o laguna Fría. El verdadero nombre es lago Frías, como lo bautizó el doctor Francisco P. Moreno, en honor y memoria de don Félix Frías. Hacemos constar el error y la enmienda” (<xref ref-type="bibr" rid="B8">Elflein, 1916c</xref>).<xref ref-type="fn" rid="fn6"><sup>6</sup></xref> La viajera sabe que “nombrar es dominar” (<xref ref-type="bibr" rid="B23">Penhos, 2018</xref>, 27) y confía ciegamente en el proyecto del científico: “Con el conocimiento de la geografía física de las regiones andinas y sus inmediatas, han de corregirse errores generales, muchos tomados como grandes verdades en la concepción de las líneas fronterizas…” (<xref ref-type="bibr" rid="B12">Moreno, 1897</xref>, 8). De este modo, naturaleza y mapa revisten la misma importancia en las representaciones de Elflein. A diferencia de lo que, años más tarde, ocurrirá en las aguafuertes patagónicas de Arlt, en las que el espectáculo, la experiencia y la crítica social importan más que las señales cartográficas, en las notas de la viajera, figura una suerte de devoción por la trayectoria de Moreno que confirma el éxito del proyecto “civilizatorio” del que formó parte el científico: “En los alrededores de San Martín existen restos de las tribus mapuches, gente mansa y asimilada, hoy entregada de lleno a las faenas del campo, a la cría de ganados y a la fabricación de mantas, ponchos y otros tejidos” (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Elflein, 1916b</xref>). Como en esta cita, a lo largo del conjunto de crónicas la escritora hace hincapié en la tranquilidad que siente al recorrer la región, a la ausencia de malones y al carácter “asimilado” del “salvaje”; porque los indígenas son en sus argumentos “restos” de una historia pasada. En su visita a “la colonia más importante de indios sobre el lago Lacar”, el reconocido Cacique Curruhuinca, le comenta:</p>
			<disp-quote>
				<p>-Quiero -y éstas son las palabras de Curruhinca, que repetimos ante el país para que las recojan las autoridades escolares de la Nación- que mi gente sepa leer y escribir, para que pueda adelantar y no ser engañada. </p>
			</disp-quote>
			<disp-quote>
				<p>¡Lejos estamos del pasado! […] Hoy, piden escuelas. Se puede confiar en el futuro cuando se descubre el mismo anhelo en todos los corazones (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Elflein, 1916b</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Es en este punto en el que su posición como mujer viajera rompe con lo esperado porque, al mismo tiempo que la reconstrucción de este diálogo con Curruhuinca remarca el éxito de los planes del Estado sobre el territorio argentino, Elflein se convierte también en gestora al conseguir, gracias a la ayuda de Moreno que en ese entonces ocupaba el cargo de Vicepresidente del Consejo Nacional de Educación, la edificación de la Escuela N° 33 (Quila Quina). Como puede verse, el trabajo de la escritora resulta declaradamente funcional a los planes del científico y, por consiguiente, a los del gobierno argentino; sin embargo, sus operaciones trascienden lo que, en aquel momento histórico, concernía a su rol de maestra y escritora. Estos movimientos, en apariencia pequeños, son los que abrieron esos “intersticios” en la sociedad de la época que menciona Szurmuk con el fin de visibilizar otros modos de existencia para las mujeres.</p>
			<p>En consonancia, interesa señalar que, a pesar de que en Moreno la mirada científica prima por sobre la experiencia corporal del viaje -“El camino que hice ese día es el más bello de los que he hecho en mi vida de viajero. Las <italic>Fitz-roya patagónica</italic> y los <italic>Libocedris chilensis</italic>, los dos hermosos y útiles coníferos antárticos, crecen con profusión, augurando buena fortuna al aserrador del porvenir” (1897, 68)-, y en las notas de Elflein pareciera prevalecer lo emotivo y lo sentimental -“Al salir de la espesura nos encontramos de pronto ante un espectáculo fantástico: un bosque de filigrana de plata. Eran las arboledas quemadas, cuya blanca ramazón desnuda dibuja delicados arabescos sobre el fondo azul del firmamento: la muerte misma es bella en la naturaleza” (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Elflein, 1916d</xref>)-, la escritora también busca otorgarle verosimilitud a su palabra a partir de la inclusión de datos eruditos. Como puede verse a lo largo de sus crónicas, Elflein retoma también dos de los viajeros que guiaron e inspiraron a Moreno: Darwin y Humboldt.<xref ref-type="fn" rid="fn7"><sup>7</sup></xref>
			</p>
			<p>A pesar de que estos nombres van a figurar con mayor insistencia en el primer libro del naturalista, <italic>Viaje a la Patagonia Austral</italic>, la figura de Darwin sobre el espacio reaparece en <italic>Apuntes</italic>: “A mi regreso me proponía averiguar cómo se presentan las mesetas en su descenso gradual hacia el Atlántico, formando la gradería gigantesca que precede á la Cordillera de los Andes, que tanto admiró Darwin y cuyo origen es aún un problema” (<xref ref-type="bibr" rid="B12">Moreno, 1897</xref>, 106). Si bien los autores a los que va a nombrar y también a discutir a propósito de su recorrido por el lago Nahuel Huapi son Guillermo Cox, George Musters, Florentino Ameghino, entre otros, la importancia de los avances científicos y la pregnancia de las figuras de Darwin y Humboldt en el imaginario del viaje es indiscutible. En este sentido, no sorprende encontrar en las notas de Elflein menciones de este tipo: “Salimos de Constitución el 16 de Enero a las seis y media de la tarde, entre los primeros amagos de una tormenta. Media hora después, habíamos dejado atrás los pueblos veraniegos del sur de Buenos Aires, y el convoy iba internándose en lo que Darwin llamara, hace 82 años, ‘la llanura desolada’” (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Elflein, 1916a</xref>). La viajera demuestra haber estudiado todas las referencias bibliográficas mencionadas por Moreno en sus textos y adopta el rol de “buena alumna”. No obstante, avanzado el itinerario, toma coraje y le discute nada más y nada menos que al mismo Humboldt:</p>
			<disp-quote>
				<p>Dice Humboldt, en sus “Sitios de Cordillera”, que en los Andes, a pesar de su elevación real y gigantesca, no se recibe la impresión positiva y palpitante de enormidad que se tiene, por ejemplo en los Alpes o los Pirineos, cuya altura no alcanza a menudo, ni a la mitad de aquellos. Ese fenómeno es debido a la elevación de las mesetas de las que surgen los principales picos andinos. En estas regiones no cabe la observación del sabio alemán, quien no visitó el Sur de Chile. La altura sobre el nivel del mar aquí no es superior a 150 metros, y los nevados, varios de ellos visibles desde la base hasta la cumbre, aparecen en toda su imponente majestad (<xref ref-type="bibr" rid="B8">Elflein, 1916c</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Las afirmaciones del “sabio alemán”, dice Elflein en la cita, no resultan útiles para describir el paisaje que tiene frente a sus ojos. La escritora se coloca, así, a la altura de Moreno y discute en términos científicos otras versiones del espacio provenientes de los nombres más importantes del listado de viajeros a la Patagonia. En este sentido, tal como mencionábamos antes, Elflein arma y desarma su perfil como viajera: sin renegar de su lugar como discípula de Moreno, por momentos se corre y alza su voz para decir no sólo lo que sabe, sino también lo que ve.</p>
			<p>Pero quizás la operación más novedosa de la escritora en esta serie de notas es la inclusión del “nosotras” en el listado de textos sobre el viaje al “fin del mundo”: “No es héroe quien no siente miedo, sino el que lo vence. Nosotras lo sentimos y lo vencimos” (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Elflein, 1916b</xref>). Una y otra vez, Elflein incluye dentro de sus argumentos este pronombre femenino y plural. Si el viaje era un asunto de hombres en general, el viaje a la Patagonia lo era aún más por la carga simbólica que acarreaba desde el periplo de Magallanes. En esa repetición insistente del “nosotras”, la cronista parecería querer modificar la distancia patriarcal que separaba a las mujeres de la aventura: “Desde arriba se goza de uno de los panoramas más amplios y grandiosos, en cualquier momento; y si se alcanza a divisarlo, como <italic>nosotras</italic>, en una mañana de verano…” (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Elflein, 1916d</xref>); “Una ardorosa impaciencia se apodera de <italic>nosotras</italic> a medida que nos aproximamos al hito” (<xref ref-type="bibr" rid="B8">Elflein, 1916c</xref>); “Allá quedaban las princesas encantadas, y <italic>nosotras</italic> de regreso al mundo real…” (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Elflein, 1916e</xref>); “Del mismo modo sentíamos <italic>nosotras</italic> la nostalgia de la travesía” (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Elflein, 1916e</xref>), entre muchos otros ejemplos. A diferencia de Florence Dixie o Eluned Morgan, quienes recorrieron en décadas anteriores otras zonas de la Patagonia junto a grupos de hombres -y se enfrentaron mucho antes al desafío de reconocerse como aventureras, escribir sus relatos de viaje y publicarlos-, la novedad que introduce Eflein es la de considerar que las mujeres no necesitaban más que de otras mujeres para emprender un viaje. En efecto, en una de las notas con las que cierra el relato de su desplazamiento por el noreste argentino, dice: “Pero, como una compensación, el dios de los viajes -¿por qué no le ha de haber?- o más bien una diosa -puesto que en las excursiones suele predominar el azar, lo imprevisto y caprichoso que se considera patrimonio del sexo femenino- nos deparó todavía momentos inolvidables…” (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Elflein, 2018</xref>, 104-105) De un modo sutil, y sin cuestionar a su maestro Francisco Moreno, Elflein convierte el viaje a la Patagonia en un tema de mujeres.</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>IMÁGENES INDUSTRIALES/ TARJETA POSTAL</title>
			<p>Como vimos en el apartado anterior, Elflein se apoya en Moreno para legitimar su palabra. Sin embargo, sus textos se despegan en parte de los libros de viaje de los científicos-naturalistas del siglo XIX ya que, tal como adelantamos, la serie “Paisajes cordilleranos” se escribe para la prensa y en pleno proceso modernizador. En este sentido, nos interesa pensar ahora cómo estas crónicas también dialogan con las “Aguafuertes patagónicas” que, casi veinte años después, escribió Roberto Arlt como corresponsal para <italic>El Mundo</italic>.</p>
			<p>Si bien no existe ninguna referencia de que Arlt haya leído a Elflein, al comparar y cruzar ambos conjuntos de crónicas encontramos sincronías no sólo en la repetición de tópicos sobre la región, sino también en la fascinación por el paisaje. Además, tanto las notas de Elflein como las de Arlt fueron publicadas junto con fotografías en las páginas de <italic>La Prensa</italic> y <italic>El Mundo</italic>. En consecuencia, nos proponemos indagar aquí ambas series para pensar cómo cada cronista representa la zona del lago Nahuel Huapi, qué encuentran en el “desierto patagónico”, de qué modo la industrialización de las ciudades figura en sus descripciones y qué nuevos sentidos arrojan las fotografías que se publicaron junto a los textos.<xref ref-type="fn" rid="fn8"><sup>8</sup></xref>
			</p>
			<p>En el verano de 1934 Arlt recorre en tren, en auto, a pie y a caballo los espacios que Astier deseaba conocer: “Vea; yo quisiera irme al sur… al Neuquén… allá donde hay hielos y nubes… y grandes montañas… quisiera ver la montaña” (<xref ref-type="bibr" rid="B1">2005</xref>, 154). El escritor parte desde Buenos Aires hacia la Patagonia por la costa atlántica, pasa por Carmen de Patagones y Viedma, y desde ahí cruza el país hasta alcanzar la Cordillera de los Andes. A diferencia de Elflein que en su presentación de “Paisajes cordilleranos” menciona a Francisco P. Moreno como mentor, Arlt se disfraza del estereotipo de viajero que circulaba en el cine de la época: “Como los exploradores clásicos me he munido de unas botas, de un saco de cuero como para invernar en el polo, y que es magnífico para aparecer embutido en él en una película cinematográfica, pues le concede a uno la prestancia de un aventurero fatal, y de una pistola automática” (<xref ref-type="bibr" rid="B2">1934a</xref>). En sintonía con la imagen de “irreverente” o “antagonista” (<xref ref-type="bibr" rid="B18">Juárez, 2013</xref>) que el escritor venía trabajando desde la publicación de su primera novela, Arlt aspira a separarse del modelo de viajero-héroe para, en cambio, mostrar el paisaje a sus lectores: </p>
			<disp-quote>
				<p>No aspiro a la estatua, ni al reconocimiento de mis conciudadanos. Aun cuando no se me ocultan que correré graves riesgos en la cordillera de los Andes (pues si al pasar por un abismo se le rompe la cincha a un caballo, yo me mato, o si al manejar la pistola automática, me hiero de gravedad), digo que no aspiro a la estatua ni a la inmortalidad ni a ser miembro de la Academia Geográfica. Me bastará…con estar nuevamente en especial comunicación con mis lectores de <italic>El Mundo</italic>…(<xref ref-type="bibr" rid="B2">1934a</xref>). </p>
			</disp-quote>
			<p>Y si bien, tal como adelantamos más arriba, Elflein tampoco se considera una heroína -“No es héroe quien no siente miedo, sino el que lo vence. Nosotras lo sentimos y lo vencimos; pero declinamos el honor de que nos consideren heroínas” (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Elflein, 1916b</xref>)-, las intenciones no son las mismas. Mientras la escritora reniega de su heroicidad porque espera que cualquier otra mujer se embarque en un viaje de aventuras, Arlt, en cambio, lo hace con el objetivo de desligarse de la tradición de varones que recorrieron esas tierras. Sin embargo, a pesar de que a mediados de los años treinta un escritor vanguardista como Arlt esperaba salir de los lugares revisitados, podemos ver cómo en sus representaciones recupera escenas que se vinculan con los tópicos instalados por los científicos-naturalistas. Es que, como observa Beatriz Colombi: “Entre el cronista y su objeto se interpone el filtro de la literatura. Nunca es un Adán en su texto, sino un eslabón más de una larga cadena, donde se funden y confunden otras representaciones (fotos, lecturas, grabados)” (<xref ref-type="bibr" rid="B15">2010</xref>, 19).</p>
			<p>Así, en la nota que describe su viaje desde la costa hasta la zona cordillerana en tren, introduce un tipo de descripción del espacio que parecería remontarse a Darwin en su <italic>Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo</italic>. Esta crónica, titulada “Hasta donde termina el riel”, representa las vistas paisajísticas entre estas ciudades costeras (Viedma, Carmen de Patagones), semejantes por su tranquilidad, vegetación y pintoresquismo a algunos pueblos brasileños que el escritor recuerda de su viaje anterior, y la monumentalidad de la Cordillera. Sin embargo, entre el mar y la montaña hay un espacio que Arlt no puede eludir: el desierto. Aquella zona fundante de la identidad argentina aparece representada como la repetición de un vacío que no despierta emociones: “El paisaje, si se puede llamar así, es una llanura aburrida, manchada de círculos verdes por la empeñosa obstinación de matas de arbustos y centenares de leguas cuadradas” (<xref ref-type="bibr" rid="B3">Arlt, 1934b</xref>). El cronista pareciera no hallar en la homogeneidad del centro patagónico elementos que le permitan acercarse artísticamente al espacio. No obstante, el gesto de enojo frente a la región no resulta, de ningún modo, una novedad. Por el contrario, es posible observar que algunas de las descripciones de Arlt se amalgaman con las representaciones sobre el desierto que figuran en el ya mencionado libro de Darwin:<xref ref-type="fn" rid="fn9"><sup>9</sup></xref> “Esta última vegetación desapareció enteramente al poco trecho, y las llanuras quedaron sin la menor maleza que cubriera su desnudez. El cambio que acabamos de indicar señala el comienzo del gran depósito calcáreo-arcilloso que forma la dilatada extensión de las Pampas…” (<xref ref-type="bibr" rid="B16">1997</xref>, 94). La imposibilidad de comprender lo siempre igual que enoja a Arlt -“Resuelvo no mirar por la ventanilla. Este paisaje me da bronca. Ya empiezo a considerarlo como enemigo personal. Es un inaguantable latero, que siempre dice la misma cosa” (<xref ref-type="bibr" rid="B3">1934b</xref>)-, había marcado ya un siglo antes la paradigmática experiencia del viajero inglés: “La vegetación es raquítica y pobre, y aunque se ven arbustos de muchas clases, todos están armados con aguijones formidables, que parecen recomendar al extranjero huir de tan inhospitalarias regiones” (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Darwin, 1997</xref>, 81). </p>
			<p>En un sentido similar, cuando Elflein describe el desierto encuentra, en un principio, lo mismo que ya había visto Darwin y que, más tarde, recuperará Arlt:</p>
			<disp-quote>
				<p>El paisaje es de una aridez espantosa. Una planicie lisa como una mesa y que atravesamos, está cubierta de salitre blanco y brillante. Pronto nos vimos en pleno desierto: en los bordes de las lagunas turbias y amargas chispea la sal. Nada brota que no sea espina, jarilla o neneo, y aún este es más escaso. La tierra es ya amarilla, ya colorada; en los bajos la reciente lluvia ha dejado barro, el que, seco, se arrolla como virutas de cedro; parece que la tierra se estuviera descascarando. […] Y, sin embargo, en medio de la muerte palpita la vida: perdices, zorros, zorrinos, brillantes lagartijas y pájaros, pueblan el desierto. ¿Dónde encuentran agua? Solo ellos lo saben. […] Siempre me habían fascinado los paisajes del desierto; esta vez llegué a amarlos. ¡Horas de extraño deleite, de vida intensa y vibrante, mientras volábamos veloces por la travesía de Río Negro saturada de sol, admirando nuevas maravillas a cada giro de rueda, mientras el automóvil cantaba la canción del camino! (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Elflein, 1916e</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Como puede verse, el fragmento comienza de un modo semejante a las descripciones de Arlt: la aridez es “espantosa”, la planicie es “lisa como una mesa”, “nada crece que no sea espina”. Sin embargo, dice la escritora, “en medio de la muerte palpita la vida”. Elflein parece arrepentirse de lo dicho y encuentra en el desierto “la vida intensa y vibrante”. Esta mirada positiva tiene que ver, sin dudas, con su interés por mostrar, en sintonía con el trabajo de Moreno, las posibilidades de estas tierras desiertas según el discurso imperante a partir de la “Conquista del Desierto”. Pero, además, habilita una pregunta central a la hora de leer en conjunto sus textos y los de Arlt ¿podía una mujer periodista quejarse, ser irónica o irreverente?</p>
			<p>Por otro lado, otro de los puntos en común de ambas series es el contexto en el que fueron escritas: la modernización porteña. Por eso, si bien es cierto que en el caso de Elflein las referencias a la tradición del viaje “al fin del mundo” abundan y en Arlt no figuran nombres, pero sí tópicos e imágenes escriturarias que dialogan con lo ya dicho por viajeros anteriores, nos interesa indagar cómo ocurre ese “vaivén” entre “lo tradicional” y “lo moderno” en estos textos.</p>
			<p>Entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, Buenos Aires es sometida a una suerte de metamorfosis que la acerca a la imagen de “metrópolis”: modernización del puerto, nuevo alumbrado público, aparición del subte, construcción del Teatro Colón, etc (<xref ref-type="bibr" rid="B24">Romero y Romero, 2000</xref>, 9-19). Los cambios económicos, arquitectónicos y tecnológicos señalan el surgimiento de una época vertiginosa abarrotada de <italic>aventuras</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="B25">Romero, 2005</xref>, 247). Si bien en el contexto latinoamericano las transformaciones fueron desparejas -unas pocas ciudades se convirtieron en metrópolis a la vez que un velo de inmovilidad cubrió los pueblos del interior-, el modelo de Haussmann en París influyó, tal como señala José Luis Romero, en el deseo por borrar el pasado y, junto con él, desarmar la “gran aldea”.</p>
			<p>Además, parte de las transformaciones de la ciudad-puerto y del pensamiento intelectual de la época tuvieron que ver con la emergencia de ciertos hallazgos técnicos que, en las primeras décadas del XX, le otorgaron un rol protagónico al periodismo. La incorporación de nuevas maquinarias, la ampliación de la red de distribución, el aumento de los ejemplares impresos y la profesionalización de los escritores establecieron nuevos vínculos entre la ciudad y las palabras. En este contexto de cambio permanente se insertan tanto las crónicas de Elflein, como las de Arlt. Y si bien es cierto que el vínculo entre la obra de Arlt y esta escenografía industrial ha sido ampliamente revisitado por la crítica (sobre todo en relación a las novelas), lo que nos interesa aquí es pensar, tal como lo hace Saítta, qué ocurre cuando el aguafuertista se encuentra con un paisaje donde prima la naturaleza: “Significativamente, Arlt no modifica su aparato de percepción sino que apela al sistema de metaforización característico de su narrativa urbana, sólo que lo hace para narrar y describir un escenario diferente” (<xref ref-type="bibr" rid="B26">2008</xref>, 13). Cuando Arlt mira la zona del lago Nahuel Huapi, dice Saítta, lo hace con ojos urbanos. Al igual que sucede en el caso de las “aguafuertes fluviales” en las que describe un viaje por el Río Paraná y parte de Chaco, el cronista se sirve de metáforas técnicas para intentar traducir sus percepciones sobre el espacio cordillerano: </p>
			<disp-quote>
				<p>Oscuro, violeta, azul turquí, el río del sur precipita sus aguas de color tinta violentamente hacia el Este. Corre entre barrancas casi siempre perpendiculares al agua que las roe, orillas de piedra o greda, verdes de pasto…[…] Y esta marcha de las corrientes es tan violenta, que las balsas […] están aseguradas por cables transversales, y no es necesario que su cauce sea profundo (ya que en casi todos estos ríos transparentes se distingue perfectamente el lecho de ovaladas piedras verdes) porque el agua corre con tal rapidez que sólo un buen nadador puede atreverse a cortar estas corrientes silenciosas y oscuras, que trazan en el verde césped, curvas de glacial violeta (<xref ref-type="bibr" rid="B4">Arlt, 1934c</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Aunque cruzada por nuevos puntos de vista -Arlt mira ahora desde arriba del caballo o desde la cima de la montaña-, su mirada sobre el espacio continúa influenciada por el proceso modernizador de las ciudades. De un modo similar, en las notas de Elflein encontramos descripciones que se vinculan con el modo de ver arltiano:</p>
			<disp-quote>
				<p>Las montañas, erguidas en amplio y solemne anfiteatro, aparecen salpicadas de manchas de nieve que recogen los rayos solares y los reflejan en haces deslumbradores. A veces, el brillo de esos cristales se enturbia, cuando vela al sol alguna nube o cuando sobre las crestas se deslizan vapores celestes y plateados como tules, que el viento esparce y desgarra. Entonces la nieve se apaga, tórnase de un gris azulado opaco, que despierta sensaciones de infinita tristeza. Corre la nube o pasan los vapores aéreos, brilla el sol, las manchas blancas refulgen de nuevo y el paisaje cobra vida y colores de belleza suprema (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Elflein, 1916b</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>“Rayos solares”, reflejos “deslumbradores”, cristales “enturbiados”, “vapores celestes y plateados”, son algunas de las frases que muestran una paleta de color y una materialidad que se asocia al modo de ver que prima en las aguafuertes patagónicas. Además, en medio de estas descripciones encontramos que la escritora juega a humanizar la máquina. Dice, en efecto, sobre el auto en el que realizan uno de los recorridos: “Es un ser viviente que habla al que sabe escuchar su voz” (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Elflein, 1916a</xref>). A lo largo del camino ella escucha la historia que le cuenta la máquina, hasta que “su voz calla […]. Se detiene. El camino aparece bloqueado por una tropa de carretas, pesadamente cargadas de fardos de lana. Tienen que desviarse para darnos la huella; lo moderno prevalece sobre lo arcaico. […] Así, el lento pasado y el presente veloz se encuentran un momento, se miran y se separan” (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Elflein, 1916a</xref>). Esta imagen -el encuentro entre el auto y las carretas- sintetiza quizás la manera en que tanto Arlt como Elflein hacen dialogar en sus textos la tradición con “lo nuevo”, la naturaleza con las transformaciones urbanas.</p>
			<p>Ahora bien, ¿qué pasa con este diálogo entre el paisaje cordillerano y la modernización porteña en las fotografías con las que se imprimieron ambas series de notas? ¿Coincide lo que dicen los textos con lo que se muestra en las imágenes? Cuando miramos ambos corpus de instantáneas, rápidamente advertimos que el relato que arman las fotos se despega del que figura en las crónicas. Tanto las imágenes tomadas por Germán Wiederhold con las que se publicó la serie “Paisajes cordilleranos”,<xref ref-type="fn" rid="fn10"><sup>10</sup></xref> como las capturas del aguafuertista recuperan la mirada típica de las tarjetas postales (<xref ref-type="fig" rid="f1">Figuras 1</xref> y <xref ref-type="fig" rid="f1">2</xref>).<xref ref-type="fn" rid="fn11"><sup>11</sup></xref>
			</p>
			<p>
				<fig id="f1">
					<label>Figura 1</label>
					<caption>
						<title>(izda.) - publicada con “Tranco lento hacia las casas” (<xref ref-type="bibr" rid="B5">1934d</xref>). <bold>Figura 2</bold> (dcha.) - publicada con “Paisajes cordilleranos” (<xref ref-type="bibr" rid="B8">1916c</xref>).</title>
					</caption>
					<graphic xlink:href="2317-9651-caracol-25-771-gf1.jpg"/>
				</fig>
			</p>
			<p>Al igual que sucede en la imagen de Arlt, en las tomas que se imprimieron junto a las notas de Elflein se observa una clara fascinación con el paisaje cordillerano que deja de lado la impronta industrial que aparece en muchas de sus descripciones. En relación con eso, tal como hemos analizado en un trabajo anterior sobre el viaje a la Patagonia de Arlt, las instantáneas de “Paisajes cordilleranos” también podrían ser definidas como “fotografías escenográficas”, en tanto “muestran a los lectores del periódico los espacios […] en los que transcurren, o podrían transcurrir, las anécdotas referidas en los textos” (<xref ref-type="bibr" rid="B14">Cimadevilla, 2016</xref>, 14). Sin dejar de tener en cuenta que la elección de las imágenes que se publicaron junto a las notas estaba en manos de los editores de <italic>La Prensa</italic> y de <italic>El Mundo</italic>, y posiblemente hayan quedado afuera muchas imágenes a las que hoy no tenemos acceso, lo cierto es que lo que prevalece en ambos conjuntos es la mirada turística por sobre las anécdotas y las representaciones industriales. En este sentido, encontramos ya en Elflein la figura de la viajera turista que Arlt retomará dos décadas más tarde. Si, tal como refiere Tzvetan Todorov, el viajero turista puede ser definido como un sujeto que “trata de acumular […] monumentos; he aquí por qué da preferencia a la imagen por encima de la lengua, y por qué su aparato fotográfico es su instrumento emblemático, aquel que le va a permitir objetivar y eternizar su colección de monumentos” (<xref ref-type="bibr" rid="B30">2005</xref>, 388-389), encontramos en el acopio de panoramas naturales que figura en ambos corpus de notas una fuga del relato periodístico. En las fotos de Arlt no hay referencias a los personajes que describe en los textos, ni a las anécdotas personales, ni al modo urbano de mirar el espacio. Coincidentemente, en las instantáneas que se imprimieron junto a las crónicas de Elflein no aparece el progreso que señala tantas veces en contraposición a la imagen del desierto. La tensión que figura en sus crónicas entre el deseo por rendir homenaje a Moreno y el interés por convocar a otras mujeres a emprender viajes de aventura no figura en estas fotos “escenográficas” en las que prima el impacto del paisaje.</p>
		</sec>
		<sec sec-type="conclusions">
			<title>CONSIDERACIONES FINALES</title>
			<p>Si como señala Vanesa Miseres, “aún cuando la escritura femenina ha sido partícipe del corpus textual dentro del relato de viaje, ésta no ha conformado a lo largo de la historia una tradición y una serie continua como la que se pudo divisar entre los hombres en los diferentes períodos de exploraciones” (<xref ref-type="bibr" rid="B22">2010</xref>, 38), a lo largo del análisis de las notas de Elflein pudimos observar ciertas tensiones en sus textos que demuestran el esfuerzo realizado por integrarse en esa tradición sin “molestar”. Así, en el primer apartado indagamos el modo en que Elflein se autoconfigura como discípula de Francisco Moreno no sólo al traer una y otra vez su nombre a los textos, sino también al reivindicar la idea de progreso que figura en la obra del naturalista y reconstruir anécdotas que lo describen como un verdadero “civilizador”. Por otro lado, en la segunda parte, encontramos que la “originalidad” o “excentricidad” de las aguafuertes patagónicas de Arlt -la manera en que el cronista combina vistas paisajísticas con metáforas industriales y, al mismo tiempo, reconstruye tópicos centrales de la tradición del viaje “al fin del mundo”- ya había aparecido de algún modo (aunque atravesada por otra subjetividad) en la serie “Paisajes cordilleranos” publicada casi veinte años antes. Las notas de Elflein funcionan entonces, sin dudas, como el puente que conecta la producción de dos autores en apariencia desvinculados (Moreno y Arlt), pero, además, demuestran el esfuerzo de una escritora que luchó por instalar el “nosotras” en una tradición de relatos fundada por varones. Entre Moreno y Arlt, entonces, emerge el llamado a la emancipación de las mujeres “condenadas por ambientes de ficción o por necesidades profesionales, a vivir ovilladas durante meses o años en las ciudades” (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Elflein, 2018</xref>, 45).</p>
		</sec>
	</body>
	<back>
		<ref-list>
			<title>FUENTES</title>
			<ref id="B1">
				<mixed-citation>Arlt, Roberto. El juguete rabioso. Buenos Aires: E. Santiago Rueda Editor, 2005 [1926].</mixed-citation>
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					<year>2005</year>
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			<ref id="B2">
				<mixed-citation>Arlt, Roberto. Nota o Prólogo. En: El Mundo. Buenos Aires, 11 ene. 1934a.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Arlt, Roberto. Hasta donde termina el riel. En: El Mundo . Buenos Aires, 15 ene. 1934b.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Elflein, Ada María. Paisajes cordilleranos. En: La Prensa . Buenos Aires, 16 abr. 1916d.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Elflein, Ada María. Impresiones de viaje. Haedo: Los lápices editora, 2018.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Moreno, Francisco P. Apuntes preliminares sobre una excursión á los territorios del Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz. La Plata. Talleres de publicaciones del Museo, 1897.</mixed-citation>
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			<title>REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS</title>
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					<article-title>Roberto Arlt fotógrafo. Sobre las aguafuertes fluviales, patagónicas y españolas</article-title>
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					<article-title>Cartografías de un autor em El Mundo. Pasajes, constantes y desvíos en el periodismo escrito de Roberto Arlt</article-title>
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					<source>Geografías imaginarias: el relato de viaje y la construcción del espacio patagónico</source>
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					<source>Entre civilización y barbarie. Mujeres, Nación y Cultura literaria en la Argentina moderna</source>
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					<publisher-name>Vanderbilt University</publisher-name>
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					<source>Paisaje con figuras. La invención de Tierra del Fuego a bordo del Beagle: 1826/1836</source>
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					<source>Latinoamérica: Las ciudades y las ideas</source>
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					<chapter-title>Paisajes de la patria para mujeres que viajan solas. La casa argentina de Ada María Elflein</chapter-title>
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					<publisher-loc>Santiago de Chile</publisher-loc>
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					<source>Miradas cruzadas: narrativas de viaje de mujeres en Argentina. 1850-1930</source>
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					<article-title>Nuevos géneros, nuevas exploraciones de la condición de mujer: viajeras, periodistas y mujeres trabajadoras</article-title>
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					<source>Viajes y viajeros: un itinerario bibliográfico</source>
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		<fn-group>
			<fn fn-type="other" id="fn1">
				<label>1</label>
				<p>Esto es trabajado por Szurmuk en <italic>Miradas cruzadas</italic> (2007, 132-141).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn2">
				<label>2</label>
				<p>“Tanto las escritoras criollas como las europeas utilizaron los privilegios simbólicos que gozaban por ser blancas para participar en debates públicos” (<xref ref-type="bibr" rid="B29">Szurmuk y Torre, 2018</xref>, 194).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn3">
				<label>3</label>
				<p>Además, hay que tener en cuenta que, como dice Livon-Grosman sobre la región: “La segunda etapa de la Conquista del Desierto, más conocida como el Plan de Campaña de los Andes, de 1881, consistió en una expedición con destino a Nahuel Huapi que tenía por objeto expulsar a los indígenas de la provincia de Río Negro y Neuquén. Inmediatamente después de esta campaña se inician una serie de viajes con el propósito de colonizar y realizar estudios científicos que unifiquen la voluntad expansionista de una administración económicamente exuberante con las urgencias políticas de un territorio que Buenos Aires ya no teme y que aspira a controlar para poner fin a los reclamos chilenos” (<xref ref-type="bibr" rid="B19">2004</xref>, 128).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn4">
				<label>4</label>
				<p>Los tres itinerarios muestran variantes, pero todos confluyen en Neuquén y el Lago Nahuel Huapi. Moreno visita: San Rafael, Chos Malal, Junín de los Andes, Nahuel-Huapi, Valle 16 de Octubre (Chubut) - Lago Fontana- Lago Buenos Aires- Puerto Montt. Por su parte Elflein recorre: Zapala, San Martín de los Andes, Valdivia, Puerto Montt, Osorno, Puerto Varas, Nahuel Huapi, Bariloche, Lago Correntoso, Neuquén, Cipolletti. Finalmente, el recorrido de Arlt es el siguiente: Patagones, Viedma, Neuquén, Villa Traful, Bariloche, Mallín de las Mulas.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn5">
				<label>5</label>
				<p>Refiere el naturalista respecto a un viaje realizado en 1879 a la región: “…llegué por segunda vez á las tolderías de Shaihueque, en mucho peores condiciones que cuatro años antes, y pude ser testigo de los últimos días de existencia de las tribus nómades y salvajes, habiendo tenido entonces días de halago en medio de días muy duros al presentir la proximidad de la realización de mis aspiraciones: el aprovechamiento por el trabajo de aquella Suiza argentina, como la había llamado al volver de mi primera visita” (1897, 13).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn6">
				<label>6</label>
				<p>Dice el mismo Moreno: “Aquellas regiones no tenían nombre, faltábales el bautismo del geógrafo. En el catálogo de las denominaciones que la ciencia tiene derecho de elegir para indicar sus conquistas en regiones vírgenes, vino á mi memoria un nombre venerado, el de don Juan María Gutiérrez” (<xref ref-type="bibr" rid="B12">1897</xref>, 70).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn7">
				<label>7</label>
				<p>“Partiendo del modelo del viajero naturalista que establecieran Alexander von Humboldt primero y Charles Darwin después, Moreno adapta el modelo de sus predecesores y lo pone en función de un proyecto de ocupación por medio de una narrativa y un museo que completa para sus contemporáneos el mapa imaginario del territorio nacional” (<xref ref-type="bibr" rid="B19">Livon-Grosman, 2004</xref>, 139).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn8">
				<label>8</label>
				<p>En las últimas oraciones de su artículo “Mujeres de viaje: Lina Beck Bernard, Jennie Howard. y Ada Elflein”, Torre menciona la existencia de un vínculo entre el trabajo de Morgan y las notas de Arlt: “La naturaleza es comparada con la tecnología, en este caso fotográfica, y no al revés, adelantándose, en este sentido, a la fórmula acuñada en la década de 1930 por Roberto Arlt para describir para el diario <italic>El Mundo</italic>, sus travesías patagónicas” (<xref ref-type="bibr" rid="B31">2013</xref>, 227).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn9">
				<label>9</label>
				<p>Como señala Blengino: “Darwin será un punto de referencia obligado para todos los que vendrán, no sólo por el valor de sus descubrimientos, sino además por ser el protagonista y narrador de un viaje fascinante” (<xref ref-type="bibr" rid="B13">2005</xref>, 91).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn10">
				<label>10</label>
				<p>“Germán Wiederhold descendía de las familias alemanas afincadas en el sur de Chile y al igual que otros miembros de esta corriente colonizadora tuvo una participación destacada en la expansión y el uso de la tarjeta postal en este país. Asimismo editó una guía de turismo en Chile que junto al libro de Elflein contribuyó de manera significativa a la construcción de un destino turístico en la zona de los lagos andinos, que, como señala Navarro Floria, ya no constituía patrimonio exclusivo de aventureros con tiempo libre y recursos económicos sino que, gracias a la creciente accesibilidad y conocimiento del territorio, comenzaba a permear hacia sectores más amplios de la sociedad. La guía lleva por título <italic>Turismo en la provincia de Llanquihue</italic>. A través de la Suiza Chilena y Argentina y su primera edición está fechada en 1818, un año después que la publicación de Elflein. Ambos libros comparten en buena medida el material fotográfico de Wiederhold así como varios pasajes de las notas de viaje de Elflein; los dos proponen un periplo argentino-chileno y sus autores, hijos de inmigrantes alemanes, parecen haber acordado esta colaboración mutua en ediciones separadas para los dos países” (<xref ref-type="bibr" rid="B27">Servelli, 2014</xref>, 467).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn11">
				<label>11</label>
				<p>En <italic>Roberto Arlt en los años treinta</italic>, Juárez señala que, con el viaje, “aparece la mirada paisajística en la literatura de Arlt” y “la experiencia de un nuevo sujeto”, “una perspectiva distanciada y ajena a la del hombre agobiado y en crisis con un mundo de cambios y tensiones de su obra previa” (<xref ref-type="bibr" rid="B17">2010</xref>, 99).</p>
			</fn>
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