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				<article-title>Lenguas de fuga. Fugitive languages. Reseña sobre Puertos: Diccionarios. Literaturas y alteridad lingüística desde la pampa, Pablo Gasparini (Beatriz Viterbo, 2021)</article-title>
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					<institution content-type="original">Docente en la UASB-Ecuador. Miembro del colectivo-medio independiente Corredores Migratorios y coordinadora de su Escuela de Derechos para la Movilidad Humana. Investigación: escrituras bilingües y fronterizas; producción textual y cultural de las migraciones; estudios feministas. Repositorio: https://uasb.academia.edu/CristinaBurneo. Equador</institution>
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				<corresp id="c1">Contato: <email>burneocristina@gmail.com</email>
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		<p>En <italic>El exilio procaz: Gombrowicz por la Argentina</italic> (Beatriz Viterbo, 2007), ya escribía Pablo Gasparini que en autores como Witold Gombrowicz se percibe mejor la pregunta por la pertenencia justamente donde ésta parece ausente. Al forjarse a sí mismos “como desertores de las exigencias de su nación”, autores como el polaco-argentino-francés “han sido quienes han provocado una inevitable y fina reflexión sobre la misma.” Esa fina reflexión se despliega también en la escritura de Pablo y su reciente trabajo sobre literatura extraterritorial de ancla argentina: <italic>Puertos: Diccionarios. Literaturas y alteridad lingüística desde la pampa</italic> (Beatriz Viterbo, 2021). Él mismo nacido en el puerto de Rosario, marcado por el movimiento de grandes aguas y un nomadismo que lo ha llevado a vivir en portuñol, Pablo Gasparini estructura su ensayo con un archivo armado a partir de pasajes y palabras hilados con minuciosidad, producto de su propia perspectiva exterior −en términos de Saer−, cultivada de manera productivamente obsesiva hace largo tiempo. </p>
		<p>Para abrir la reflexión y respecto de otras literaturas en las Américas, <italic>Puertos: Diccionarios</italic> se pregunta, por ejemplo, por “el orden inmigrante” de la poesía de César Vallejo, que apuntaría a algo más creativo que la división plana entre periferias y centros con la que a menudo se ha leído. A partir de los giros del lenguaje, proyectos de escritura como el de Vallejo mostrarían, más bien, “el carácter inerme de todo territorio e identidad, incluso, el carácter inerme del territorio que se supondría más sólido y previsible: el de la propia lengua”. Retiro el signo de interrogación de la cita, pues se trata de una constatación hecha todo el tiempo cuando calibramos perspectivas extraterritoriales para mirar literaturas extraterritoriales y su potencia desestructurante respecto del gran signo “nación”. Hay un campo de escrituras de las Américas, discontinuo y heterogéneo, que confluye e insiste en socavar las soberanías expresadas en lenguas, símbolos y culturas llamadas “nacionales”. Desde Silvia Baron Supervielle y su escritura entre aguas, hasta Karla Cornejo Villavicencio o Sonia Guiñansaca, escritoras migrantes de origen ecuatoriano con bilingüismos gestados en Estados Unidos; pasando por la poesía en navero de la gallega Luz Pichel o poetas mapuches como Daniela Catrileo, estas escrituras se diseminan como materialidades que se hacen a sí mismas contra el monolingüismo. </p>
		<p>Desde un archivo situado en la pampa argentina, Pablo afirma a través de ese recorte algo similar: que quizás una condición de la literatura de las Américas es su extraterritorialidad, aun si su organización institucional ha insistido en divisiones nacionales monolingües y no ha dejado de producir jerarquías entre lenguas y capitales simbólicos desiguales entre sí (bienvenido el afrancesamiento, reprimamos el cocoliche). Las imágenes que toma el autor a lo largo del libro van cargándose conceptualmente y producen un ensayo como un gran cuerpo nómade hecho con el fondo de la garganta de Antonio Porchia; el cuerpo de Xul Solar puesto en viajes astrales y relatado en neocriollo; el frañol de Copi como prótesis; el portuñol de Néstor Perlongher como forma de goce sexualmente disidente; el vivir entre lenguas y espacios de Sylvia Molloy. Se trazan así nodos para una epistemología heterolingüe con la cual comprender Argentina y otros territorios contra la idea de “comunidad transparente”, epistemología fundada en la conciencia de que la traducción y las mixturas lingüísticas deben ser un constante proceso de afirmación de la diferencia y no de su borradura por medio de valores como la fluidez-asimilación. La epistemología heterolingüe que podríamos construir con estas miradas no se limitaría a la literatura. Como lo ha elaborado lúcidamente Sandro Mezzadra en diálogo con Naoki Sakai y su trabajo sobre la “interpelación heterolingüe”, se trata más bien de “intensificar la búsqueda de unas nuevas bases de lo común” que desafíen las fronteras que “mediante afiliación nacional, étnica o lingüística” han fijado no solo comprensiones limítrofes de todas las dimensiones de la vida, sino dimensiones desiguales de movimiento en un arco que va del cosmopolitismo a las migraciones forzadas del presente, formando sistemas de dominación y resistencia dados por los marcadores (de género, raciales) y la procedencia particular de los millones de cuerpos que se mueven sin cesar en el planeta. </p>
		<p>Desde la poesía, el autor toma, por ejemplo, la fe de Vicente Huidobro en lo universal y, por tanto, en la transparente posibilidad de una traducción total, y la contrapone a la desconfianza de César Vallejo por la traducción. Sólo se puede traducir los poemas hechos con ideas, como en el caso de Whitman, afirma Vallejo. En esta contraposición no se trata, por supuesto, de oponer la imposibilidad de traducir a la creación de una cultura universal aplanada por la concepción cosmopolita del viaje. Se trata más bien, como ha hecho Pablo a lo largo de su trabajo teórico, de producir extraterritorialidad a través de la lengua y de buscar en la literatura las marcas que la producen. Las marcas de sospecha en Vallejo afirman que es en la materialidad de la lengua donde se hace la diferencia, y que todo paradigma traductor de asimilación es insuficiente si esa diferencia no se restituye en sus operaciones. “Occidente se piensa a sí mismo como ubicuo”, ha escrito Naoki Sakai, por tanto, la traducción “ubicua” de su proyecto histórico se ha hecho con frecuencia desde la transparencia y la fluidez forzada entre particularidades, lo cual no puede hacerse sin violencia, como comenta Mezzadra al proponer una teoría heterolingüe para reinventar lo común. Si Occidente es un punto de referencia universal, debemos encontrar estrategias renovadas para devolver a la traducción su potencia poética para producir diferencia. <italic>Puertos: Diccionarios</italic> abre esos caminos desde la pampa, y es notable también su confluencia con perspectivas críticas inscritas en la llamada autonomía de las migraciones.</p>
		<p>Es relevante el hecho de que el mismo autor produzca mientras escribe una extraterritorialidad metodológica para entrar y salir de la literatura argentina ágilmente desde terrenos varios, saltando vallas entre la teoría, la poesía, elaboraciones sociales pegadas a la glotopolítica, otras literaturas y el análisis obsesivo de la forma de cada escritura, apuntando siempre al lugar mínimo −el acento en una sílaba, la escritura bilingüe de un término− donde se halla el pasaje entre lenguas, territorio minúsculo y precioso de la mixtura como condición para escribir y para construir un “nosotros” inconmensurable. Recurriendo al campo de estudios de las migraciones, <italic>Puertos: Diccionarios</italic> brinda también, a través de las múltiples poéticas heterolingües que aparecen en el ensayo, una respuesta al nacionalismo metodológico. Migraciones, traducción, fuga de fronteras, poéticas que manifiestan contra el monolingüismo, se combinan en preguntas para mirar, en su despliegue complejo y contraidentitario, movimientos que producen formas de vida renovadas por medio de lenguas salvajes, como hizo Gloria Anzaldúa.</p>
		<p>Para idear los dos puntos como frontera rota entre los dos términos que forman su título, <italic>Puertos: Diccionarios</italic>, Pablo recurre a otra oposición aparentemente similar: el título Soledad: Común, un trabajo de Jorge Alemán. El criterio de Alemán, según explica él mismo, es situar los dos puntos fuera de su función gramatical usual para establecer entre los términos que los rodean una lógica paradojal entre la soledad (en Lacan) y lo común. Entre “puertos” y “diccionarios”, en cambio, no hay una relación semántica oposicional evidente. En realidad, la relación que se establece a través de los dos puntos entre “puertos” y “diccionarios” está dotada de un exceso que no tiene el par “soledad: común”, quizás más predecible. Entre los puertos y los diccionarios hay un exceso en movimiento pues la asociación inesperada de ambas palabras, como si de una estrategia surrealista se tratase, produce una desestabilización del sentido de cada una de ellas. La escritura de Pablo señala que es el diccionario el que va canalizando (para usar otra palabra que tiene que ver con el agua) la vocinglería migrante, lunfarda, cocoliche del puerto: “Lo portuario es la fuga del diccionario y este, a su vez, la conflictiva pero inexorable y progresiva legitimación de lo portuario.” Pero creo que no hay tal simetría. El desorden del puerto es un desorden no solo de llegada, sino de salida, embarque y desembarque, cuerpos varados por 25 años como el de Gombrowicz y otros que no paran de llevar y traer palabras, medias lenguas y voces sin pedir permiso, haciendo contrabando, es decir, desobedeciendo un edicto, según la etimología de esa palabra. El contrabando se hace contra el el carácter de ley del diccionario. Es en ese exceso en donde los textos de este volumen se relacionan: desplegando sus cocoliches, lunfardos, medias lenguas, frañoles, portuñoles, siempre fuera de cauce, haciendo colapsar los canales dispuestos en el orden lexicográfico. Justamente, cuando una palabra “llega a buen puerto” parece que se estableciera en la lengua, pero en realidad allí es donde empieza a sufrir alteraciones semánticas y en su sonido mismo. La llegada a puerto no garantiza una entrada en el diccionario, por el contrario, es allí donde aparecen terrenos fértiles para recombinaciones, reinvenciones y mixturas. Aunque el puerto y el diccionario parecieran constituirse el uno al otro, el vocinglerío del puerto será siempre mayor a la capacidad de clasificación del diccionario. La palabra de arribo, asoleada, agitada aún por el oleaje y las vicisitudes de alta mar, se mantiene en movimiento. La palabra instalada en el diccionario, en cambio, hallará en cada acto de habla modos de uso que lo rebasen. En ambos casos, el habla viva rebasa a la norma, es recogida en escrituras mixturadas y produce así imaginarios fronterizos, porosos, impuros que rebasan a su vez los perímetros de las literaturas nacionales. El puerto se convierte así en una imagen de fuga hacia una extraterritorialidad cuyo opuesto no es la ley de la lengua, sino el silencio. </p>
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