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<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD JATS (Z39.96) Journal Publishing DTD v1.1 20151215//EN" "http://jats.nlm.nih.gov/publishing/1.1/JATS-journalpublishing1.dtd">
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                <journal-title>Caracol</journal-title>
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                <publisher-name>Universidade de São Paulo</publisher-name>
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            <article-id pub-id-type="doi">10.11606/issn.2317-9651.i30p282-316</article-id>
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                    <subject>Vária</subject>
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                <article-title>Ficciones afectivas y perceptivas de lo precario en la literatura argentina reciente</article-title>
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                    <trans-title>Affective and perceptive fictions of precariousness in recent Argentine literature</trans-title>
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                <contrib contrib-type="author">
                    <contrib-id contrib-id-type="orcid">0009-0003-5351-0960</contrib-id>
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                        <surname>Sánchez</surname>
                        <given-names>Silvina</given-names>
                        <prefix>Dra.</prefix>
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                    <bio>
                        <p>es Profesora y Doctora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Se especializa en literatura argentina de las últimas décadas y en teoría literaria.</p>
                    </bio>
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                    <xref ref-type="corresp" rid="c01"/>
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                <institution content-type="orgdiv2">Curso de Ingreso</institution>
                <country country="AR">Argentina</country>
                <institution content-type="original">coordinadora del Curso de Ingreso y profesora en Teoría Literaria I (FaHCE-UNLP). Argentina</institution>
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            <author-notes>
                <corresp id="c01">Contato: <email>silvinasanchez80@gmail.com</email>.</corresp>
            </author-notes>
            <pub-date publication-format="electronic" date-type="pub">
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                <season>Jul-Dec</season>
                <year>2025</year>
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                    <license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto (<italic>Open Access</italic>) bajo la licencia <italic>Creative Commons Attribution</italic>, que permite su uso, distribución y reproducción en cualquier medio, sin restricciones siempre que el trabajo original sea debidamente citado.</license-p>
                </license>
            </permissions>
            <abstract>
                <title>Resumen</title>
                <p>La literatura argentina reciente pone de manifiesto cómo la precariedad impacta en las vidas, produce un reordenamiento de los cuerpos y de las conexiones afectivas, atraviesa las subjetividades, expuestas a la incertidumbre creciente, a la desprotección y a la inestabilidad; modifica los modos de habitar y circular en los espacios, y dispone las formas que adquieren las relaciones sociales, sobre todo las posibilidades de percibir, conocer y nombrar a los otros. El artículo plantea la emergencia de ficciones afectivas y perceptivas de lo precario que exploran los vínculos entre la pobreza y los marcos de reconocimiento; y muestran cómo la percepción de los otros impacta en las subjetividades y en el tráfico de los afectos. El ensayo desarrolla una presentación general de estas ficciones, atendiendo a sus rasgos predominantes y a ciertos matices y desplazamientos que manifiestan al configurar las experiencias de precariedad. Asimismo , se detiene en un análisis de <italic>La guerra de los gimnasios</italic> (1993) de César Aira para profundizar en las tendencias propuestas.</p>
            </abstract>
            <trans-abstract xml:lang="en">
                <title>Abstract</title>
                <p>Recent Argentine literature highlights how precarity impacts lives, reorganizes bodies and affective connections, permeates subjectivities —exposed to increasing uncertainty, vulnerability, and instability—, alters ways of inhabiting and navigating spaces, and shapes the forms that social relationships take, particularly the possibilities of perceiving, understanding, and naming others. This article addresses the emergence of affective and perceptive fictions of precariousness that explore the links between poverty and frameworks of recognition, showing how the perception of others impacts subjectivities and the circulation of affect. The essay provides an overview of these fictions, focusing on their predominant features as well as certain nuances and shifts they exhibit in shaping experiences of precariousness. Additionally, it includes an analysis of <italic>La guerra de los gimnasios</italic> (1993) by César Aira to delve deeper into the proposed trends.</p>
            </trans-abstract>
            <kwd-group xml:lang="es">
                <title>Palabras clave</title>
                <kwd>Literatura Argentina Contemporánea</kwd>
                <kwd>Neoliberalismo</kwd>
                <kwd>Precariedad</kwd>
                <kwd>Afectividades</kwd>
                <kwd>César Aira</kwd>
            </kwd-group>
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                <title>Keywords</title>
                <kwd>Contemporary Argentine Literature</kwd>
                <kwd>Neoliberalism</kwd>
                <kwd>Precarity</kwd>
                <kwd>Affectivities</kwd>
                <kwd>César Aira</kwd>
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        <sec>
            <title>1. Una multitud de vidas invivibles</title>
            <p>Un joven de clase media debe trabajar para sostener a su familia y, en sus trayectos por el barrio de Flores, se cruza con los cartoneros que hacen sus recorridos, ocultos en las sombras. Un gimnasta, en medio de un duelo de destreza, en la cima más alta de un montón de cuerpos apilados, encuentra un resquicio para mirar las afueras de la ciudad: ruinas de viviendas y de fábricas, sujetos precarios que realizan tareas de recolección, de caza y de pesca para sobrevivir. El día de descanso, cuando los ciudadanos disfrutan de sus actividades ociosas, aparecen “Aquéllos”, que avanzan amuchados en camiones antiguos, mientras escupen amenazas, sacuden sus puños en señal de rabia y arrojan desechos al pasar. Un linyera llega al barrio y altera su tranquilidad al desatar una serie irrefrenable de desgracias. Un chico sucio y mugriento toca la puerta de la casa antigua donde vive una joven de clase media y cambia su vida para siempre. De modos muy diversos , la literatura deja registro de las transformaciones y las consecuencias de la plena implementación del modelo neoliberal que tuvo lugar en Argentina durante las dos presidencias de Carlos Menem (1989-1999) y que desembocó en la crisis del 2001.<xref ref-type="fn" rid="fn01">1</xref></p>
            <p>Entre las características predominantes del periodo, se destaca una acentuación de las desigualdades existentes junto con nuevos procesos de exclusión, que afectaron a un conglomerado amplio de sectores sociales. <xref ref-type="bibr" rid="B18">Maristella Svampa (2005)</xref> habla de “sociedad excluyente” para caracterizar la doble dinámica de polarización y fragmentación social que adquirió virulencia durante la década. Alberto Minujin señala que las políticas aplicadas en la región dieron lugar a un incremento de situaciones de vulnerabilidad que cristalizaron en sociedades con una fuerte propensión a la exclusión social y económica. Se configura así un mapa social caracterizado por la dispersión de los sectores medios, con un empobrecimiento significativo de muchos de ellos, la urbanización y profundización de la pobreza estructural, la aparición de “nuevos ricos” y “nuevos pobres”. La situación se complejiza porque a las inequidades tradicionales se suman nuevas, produciendo una dinámica social en la cual los individuos y las familias luchan por integrarse o por no ser excluidos, en un marco de creciente desprotección y debilitamiento de los canales de inclusión (<xref ref-type="bibr" rid="B15">Minujin, 2005, p. 56</xref>).</p>
            <p>En la literatura argentina producida desde los inicios de los años noventa hasta las primeras décadas del siglo XXI proliferan con creciente intensidad ficciones que alojan a los sujetos sociales afectados por la pobreza, o en proceso de empobrecimiento, y a las vidas atravesadas por la vulnerabilidad, la marginalidad o la exclusión. En estas ficciones no solo adquieren importancia las figuraciones de los sujetos empobrecidos, sino también los modos en que esta experiencia es transitada por los sectores medios de la población, ya sea aquellos que están afectados por el proceso de pauperización (como en el caso de la “nueva pobreza”) —y que a su vez se relacionan con, y se distinguen de, otras manifestaciones y sectores (como la “pobreza estructural”)—, así como también aquellos que todavía no son damnificados, pero que se vinculan con los pobres de diversas formas, o se sienten amenazados por la inminente precarización.<xref ref-type="fn" rid="fn02">2</xref> Por tanto, la narrativa argentina explora las sensaciones, sentimientos e imágenes que se producen al experimentar el proceso de empobrecimiento o al convivir con el avance de la pobreza y ser partícipe de un tejido social signado por la fragmentación y la desigualdad.</p>
            <p>En este artículo se postula la emergencia de ficciones afectivas y perceptivas de lo precario en la literatura argentina reciente y se propone un mapa de textos que pueden formar parte de esta tendencia, conformado por <xref ref-type="bibr" rid="B01"><italic>La guerra de los gimnasios</italic> (1993), de César Aira</xref>, los cuentos “El fin de la palabrística” y “Cuando aparecen Aquéllos”, incluidos en <xref ref-type="bibr" rid="B06"><italic>Los acuáticos</italic> (2001), de Marcelo Cohen</xref>, los cuentos “El carrito”, en <xref ref-type="bibr" rid="B07"><italic>Los peligros de fumar en la cama</italic> (2009)</xref> y “El chico sucio”, en <xref ref-type="bibr" rid="B08"><italic>Las cosas que perdimos en el fuego</italic> (2016), de Mariana Enriquez</xref>. El ensayo aborda dos dimensiones: en primer lugar, una presentación general de estas ficciones afectivas y perceptivas de lo precario, atendiendo a sus rasgos predominantes y a ciertos matices, contrapuntos y desplazamientos que se manifiestan al configurar las experiencias de precariedad; y, en segundo lugar, el estudio de <xref ref-type="bibr" rid="B01"><italic>La guerra de los gimnasios,</italic> de César Aira</xref>, para profundizar la mirada analítica en uno de los textos del <italic>corpus</italic> y particularizar los rasgos propuestos. Se indaga en la caracterización de los sujetos sociales que atraviesan condiciones de pobreza, marginalidad y/o exclusión, a través de figuraciones, tópicos e imágenes que reactualizan las gramáticas culturales sobre la pobreza, a la vez que las transgreden; así como también la configuración de las relaciones sociales y de la percepción del otro social y cultural, a partir de una experiencia de lo precario que redistribuye los modos de lo visible y modifica el tráfico de los afectos. Se observa, además, cómo las ficciones privilegian el acto de visión y elaboran vínculos entre la precariedad y los marcos normativos de reconocimiento; cómo construyen un proceso de alterificación y monstrificación, donde predomina la caracterización de los “otros” como peligrosos y amenazantes en tanto producen una alteración del orden social y simbólico.<xref ref-type="fn" rid="fn03">3</xref> Al mismo tiempo, se señalan las tensiones entre la posibilidad de caracterizar a los sujetos precarios según las representaciones culturales disponibles y el carácter “inapropiable” que alberga toda alteridad, ya que los otros desestabilizan los saberes, las creencias y los discursos que han intentado otorgarles inteligibilidad y codificarlos en gramáticas preestablecidas.</p>
        </sec>
        <sec>
            <title>2. Ficciones afectivas y perceptivas de lo precario</title>
            <p><xref ref-type="bibr" rid="B03">Judith Butler (2006</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B04">2009</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B05">2010)</xref> propone una perspectiva teórica para concebir lo precario y distingue dos dimensiones del término. Por un lado, la noción de precariedad existencial, según una nueva ontología social y corporal que entiende al cuerpo como un ser que está siempre entregado a otros. La precariedad es una condición de todos los seres vivientes, tanto humanos como no humanos, cualquier elemento vivo puede ser suprimido por voluntad o por accidente, y su supervivencia no está garantizada de forma alguna. Butler piensa la precariedad como una condición social y relacional, en tanto somos seres sociales dependientes de lo que está fuera de nosotros, de los demás y de las instituciones. La precariedad implica vivir socialmente y que la vida exige apoyo y protección, así como la dependencia de redes y unas condiciones sociales, para poder ser una vida vivible. De este modo, la noción existencial se vincula con una segunda dimensión, más específicamente política, de precariedad —denominada “precaridad” en la traducción al español del neologismo inglés “<italic>precarity</italic>”—, según la cual los cuerpos están entregados a organizaciones sociales y políticas que se han desarrollado históricamente con el fin de maximizar la precariedad para unos y de minimizarla para otros. En esta dirección es que Butler habla de la “asignación diferencial de precariedad” y de su “distribución desigual” (2010, p. 16, 41). La precariedad designa esa condición políticamente inducida en la que ciertas poblaciones carecen de redes de apoyo sociales y económicas y están diferencialmente más expuestas a los daños, a la violencia y a la muerte. Dichas poblaciones se encuentran en un alto grado de riesgo de enfermedades, pobrezas, hambre, marginación y exposición a la violencia sin protección alguna (<xref ref-type="bibr" rid="B04">Butler, 2009, p. 323</xref>).</p>
            <p>En <italic>Estado de inseguridad. Gobernar la precariedad</italic>, Isabell Lorey recupera las dos dimensiones de lo precario conceptualizadas por Butler y agrega una tercera constituida por la dinámica de la precarización como gubernamentalidad. Según esta autora, en el neoliberalismo, la precarización se encuentra en un proceso de normalización. Lorey sitúa este proceso en el contexto de demolición y reorganización del Estado de bienestar, así como de los derechos asociados al mismo, periodo en el que se ha establecido una forma de gobierno basada en un máximo de inseguridad. Si durante los Estados de bienestar, los modos de gobierno se organizaron en torno a la noción de seguridad, a través de técnicas e instituciones de protección social, destinadas a mantener el riesgo de desempleo, enfermedad, accidentes y exclusión dentro de lo calculable para cada vez más personas de la nación; el gobierno neoliberal procede sobre todo a través de la inseguridad social, mediante la regulación de un mínimo de protección (<xref ref-type="bibr" rid="B13">2016, p. 18</xref>). De este modo, según Lorey, la precarización se ha transformado en un instrumento político-económico normalizado, además de un fundamento de la acumulación capitalista al servicio de la regulación y del control social.</p>
            <p>Las ficciones producidas en Argentina en las tres últimas décadas ponen de manifiesto cómo la precariedad impacta en las vidas, produce un reordenamiento de los cuerpos y de las conexiones afectivas, atraviesa las subjetividades, expuestas a la incertidumbre creciente, a la desprotección y a la inestabilidad; modifica los modos de habitar y circular en los espacios, y dispone las formas que adquieren las relaciones sociales, sobre todo las posibilidades de percibir, conocer y nominar a los otros. Son ficciones donde se configuran los registros sensoriales de la precarización: las aspiraciones, las proyecciones y los deseos, muchas veces frustrados o denegados, así como también las ansiedades, los miedos y las amenazas que surgen de ese proceso. En este sentido, planteo la emergencia de ficciones afectivas y perceptivas de lo precario en la literatura argentina reciente.<xref ref-type="fn" rid="fn04">4</xref> Son narrativas que dan cuenta del carácter afectivo de lo precario, porque construyen escenas donde la aparición de los otros —pobres, marginados o excluidos— significa un quiebre que afecta de diversos modos a los protagonistas de los relatos, a veces alterando el devenir de los acontecimientos, a veces reconfigurando la producción de subjetividades. Y, además, son ficciones perceptivas de lo precario, que ponen en primer plano los cruces entre pobreza y el régimen perceptivo que permite o deniega la aprehensión del otro social, a la vez que exhiben los modos de operar de los marcos de reconocimiento (<xref ref-type="bibr" rid="B03">Butler, 2006</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B05">2010)</xref>.</p>
            <p>Las ficciones presentan matices, contrapuntos y movimientos en los modos de configurar la experiencia de precariedad. Se manifiestan algunos desplazamientos de lo precario en los textos estudiados: en primer lugar, el tránsito de la invisibilidad al reconocimiento, que implica una doble percepción: una aprehensión de los otros y una mostración de los marcos normativos que asignan reconocimiento de manera diferencial; en segundo lugar, una fluctuación de la experiencia de precariedad, que se desliza desde la aprehensión de los sujetos precarios, donde la caracterización de los otros se vincula con la “cultura del peligro” y los procesos de monstrificación (<xref ref-type="bibr" rid="B09">Foucault, 2007</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B16">Moraña, 2017)</xref>, hacia la afectación de la propia vida por una precariedad cada vez más extendida.</p>
            <p>Los textos escogidos construyen un vínculo, no exento de conflictividad, entre la pobreza y la (in)visibilidad, entre las vidas precarias y las posibilidades del reconocimiento. El acto de visión y el problema del reconocimiento son elementos centrales en las narrativas de las transformaciones del neoliberalismo argentino, sobre todo cuando se refieren a la alteración del tejido social, al aumento de la pobreza y a los procesos asociados. Las narraciones dan cuenta de un límite que no es solo distancia social, económica y cultural, sino que además es un límite perceptivo. Las tensiones entre conocer y desconocer, ver y no ver —o no querer ver—, o entre visibilidad e invisibilización atraviesan las configuraciones de lo social que se observan en gran parte de la literatura argentina del período.</p>
            <p>Ferdie Clavino, el protagonista de <xref ref-type="bibr" rid="B01"><italic>La guerra de los gimnasios</italic> (1993)<italic>,</italic> de César Aira</xref>, comienza a frecuentar el gimnasio Chin Fú en medio de la guerra de gimnasios de Flores, y, aunque su objetivo es solo perfeccionar su cuerpo para provocar “miedo a los hombres y deseo a las mujeres” (p. 5), queda entrampado en la dinámica de esa guerra, de la que termina participando.<xref ref-type="fn" rid="fn05">5</xref> Aparecen formas diferentes de la precariedad: la pobreza de Ferdie y su familia, pertenecientes a esos vastos sectores de la clase media que sufrieron un proceso de empobrecimiento durante las últimas décadas del siglo pasado, y la pobreza ajena, visible cuando el protagonista se cruza con los cartoneros que se movilizan con sus carritos en búsqueda de los restos que pueden recolectar de la basura.</p>
            <p>“El fin de la palabrística” y “Cuando aparecen Aquéllos”, cuentos de <xref ref-type="bibr" rid="B06"><italic>Los acuáticos</italic> (2001), de Marcelo Cohen</xref>, se configuran como ficciones perceptivas de la precariedad a partir de una serie de elementos comunes. “El fin de la palabrística” es el informe donde Doriac, policía de la brigada, relata la historia de Viol Minango y reconstruye las hipótesis que podrían explicar su reciente desaparición. Viol es el creador de la Palabrística, un deporte que consiste en levantar torres humanas de modo que los cuerpos asuman la forma de determinadas letras y el resultado final sea la transmisión de ciertos mensajes. En “Cuando aparecen Aquéllos”, Tálico rememora todas las actividades que realizó el miércoles pasado junto a Multon, con la intención de descubrir los motivos de la ausencia repentina de su amigo. Entonces, ambos cuentos narran la historia de una desaparición y se estructuran a partir de una duplicidad: un personaje ausente que es recordado por otro, especie de doble, contrincante o amigo, que no puede dejar de preguntarse qué le ha sucedido a su compañero. Por otro lado, en ambos relatos hay un episodio que adquiere relevancia por su carácter disruptivo: cuando los personajes ven aquello que se encuentra vedado en el paisaje social, se descubren interceptados por la presencia de quienes han sido excluidos, marginados o postergados por el sistema.Tras haber visto a los sujetos precarios, los personajes se sienten interpelados por el contenido de la visión, tocados por un contacto asombroso.</p>
            <p>De manera similar a lo planteado sobre los cuentos de Marcelo Cohen, la repentina percepción de las vidas precarias provoca un quiebre en las rutinas y una sucesión de hechos extraños, lindantes con lo sobrenatural, en los relatos seleccionados de Mariana Enriquez. En “El carrito”, incluido en <xref ref-type="bibr" rid="B07"><italic>Los peligros de fumar en la cama</italic> (2009)</xref>, un linyera con un carro de supermercado cargado de desperdicios llega al barrio una tarde habitual de domingo, se baja el mugriento pantalón de vestir y evacúa en la vereda. Esto desata un conflicto, no sólo por la sorpresa de los vecinos, sino porque Juancho, borracho, se acerca a increpar al desconocido y, entre insultos, le exige que limpie lo que acaba de ensuciar. Finalmente, la madre de la narradora logra calmar la discusión y los vecinos dejan ir al linyera, pero no le permiten llevarse el carrito, que queda emplazado en la esquina. Algo parece haber cambiado, porque a partir de ese acontecimiento todos los personajes, excepto la familia de la narradora, pierden sus trabajos y sus bienes, caen en la pobreza, en la ruina y la desesperación. En “El chico sucio”, compilado en <xref ref-type="bibr" rid="B08"><italic>Las cosas que perdimos con el fuego</italic> (2016)</xref>, la protagonista ayuda solidariamente a un niño de cinco años, que pide dinero en el subterráneo a cambio de estampitas y vive en la calle junto a su madre embarazada. Luego, el chico sucio y su madre desaparecen del barrio, y la narradora relaciona este episodio con el caso de un niño que es encontrado degollado, con múltiples marcas de violencia, en un estacionamiento en desuso. A partir de estos sucesos, la protagonista se obsesiona con el chico sucio y los posibles avatares de su destino.</p>
            <p>Cuando aparecen los otros, más que registrar cómo son los pobres o cómo viven su situación de vulnerabilidad, las ficciones narran cómo los personajes se sienten afectados, conmovidos o transformados por esas apariciones. Por lo tanto, son ficciones perceptivas, porque logran fisurar los marcos normativos de reconocimiento y hacen posible la visión. En los textos predomina un dispositivo escópico, que construye la percepción en tanto impresión óptica que captura la atención, y que, en algunos casos, admite un funcionamiento sinestésico, porque se agregan otros sentidos como lo olfativo o lo auditivo. Asimismo, son ficciones afectivas, porque esa percepción impacta en las subjetividades no solo como una construcción racional de lo cognoscible, sino, sobre todo en el trazado sensible y el tráfico de los afectos. La aparición de los sujetos precarios reorganiza la disposición de las afecciones, al poner en escena cómo el yo puede afectar o ser afectado por los otros. La percepción del otro significa restituir una presencia, donde antes había una ausencia por omisión, o falta de inteligibilidad. Y, a la vez, la irrupción de los otros no solo exhibe una experiencia perceptiva de reconocimiento, sino que, además, expone los marcos que operan para diferenciar las vidas que podemos aprehender de las que no podemos aprehender, en tanto mecanismos específicos del poder.</p>
            <p><xref ref-type="bibr" rid="B03">Judith Butler (2006</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B05">2010)</xref> propone una teoría del poder y del reconocimiento. Advierte que, si ciertas vidas no se califican como tales dentro de ciertos marcos epistemológicos, tales vidas nunca se considerarán vividas, perdidas, dañadas, o no podrán ser concebidas como precarias, o expuestas a una extrema vulnerabilidad. Según Butler, hay normas sociales y políticas que dictaminan qué vidas humanas cuentan como humanas y vivientes y qué otras no. Uno de los modos de operar de estas normas es mediante marcos visuales y discursivos que rigen lo perceptible, que ejercen una función delimitadora y operan para diferenciar las vidas que podemos aprehender de las que no podemos aprehender. Los marcos no solo organizan una experiencia visual, sino que también generan ontologías específicas del sujeto.</p>
            <p>Las normas asignan reconocimiento de manera diferencial; es decir que los marcos otorgan reconocibilidad a ciertas figuras de lo humano: “la norma determina qué y quién contará como vida humana” (<xref ref-type="bibr" rid="B05">Butler, 2010, p. 112</xref>). De modo tal que ciertas vidas pueden volverse visibles o cognoscibles en su precariedad, y se consideran valiosas, dignas de salvarse, de defenderse y de ser lloradas, merecedoras de protección social, mientras que muchas otras no se consideran así, porque no son del todo “vidas” según las normas vigentes de reconocibilidad (<xref ref-type="bibr" rid="B05">Butler, 2010, p. 80</xref>). El poder regulador crea un diferencial no solo en el nivel de la capacidad de percepción, sino también al nivel de la capacidad de respuesta afectiva y de valoración moral. Butler se interroga por la representabilidad de la vida como tal, repone el carácter social de las estructuras de percepción y los marcos interpretativos que permiten a ciertas vidas volverse visibles en su precariedad y en su necesidad de protección, y que impiden ver y comprender a ciertas vidas de esa manera.</p>
            <p>Cuando aparecen los otros —pobres, marginados, excluidos— en las ficciones, lo que despunta son las vidas y los cuerpos que exceden y resisten las condiciones normativas de su reconocibilidad. Se observan recurrentes escenas donde son aprehendidas esas vidas que aún no están ordenadas por las normas del reconocimiento, y donde esas vidas aparecen como desamparadas y abyectas; de modo tal que se evidencian “los límites de un campo de visibilidad públicamente reconocido” (<xref ref-type="bibr" rid="B03">Butler, 2006, p. 21</xref>). En este sentido, las ficciones perceptivas de lo precario se constituyen como “un acto de ver desobediente” (<xref ref-type="bibr" rid="B05">Butler, 2010, p. 106</xref>): más que hacer visibles a los sujetos sociales empobrecidos, hacen ostensibles los marcos normativos que estructuran modos de reconocimiento, convirtiéndolos en objeto de exposición, mostrando sus límites, su contingencia y su necesidad de reproducirse. En las ficciones adviene la pregunta por las condiciones en las que resulta posible aprehender una vida como precaria, y en las que esto resulta menos posible, o imposible; es decir por las condiciones históricamente articuladas y aplicadas de “reconocibilidad”. De este modo, se instala el problema epistemológico de aprehender una vida.</p>
            <p>Los textos seleccionados intervienen de diferentes modos en esta cuestión. En <xref ref-type="bibr" rid="B01"><italic>La guerra de los gimnasios,</italic> de César Aira</xref>, se expone el modo de operar de los marcos de reconocimiento, en tanto práctica que ordena y regula a los sujetos, que limita lo que se puede ver y lo que permanece imperceptible. Esto se realiza a través de la caracterización del protagonista, que pertenece a la clase media en proceso de empobrecimiento, y de sus encuentros con los otros, los cartoneros y cirujas que hacen tareas de recolección por el barrio, construidos como figuras espectrales, que no pueden ser reconocidas como vidas dignas de ser vividas. Y, también, a partir de la configuración de una mirada limitada o cercenada, que aparece tanto a nivel de la narración, a través de una focalización atrofiada, como en una dimensión autorreferencial que tematiza las posibilidades de la mirada y de los “poderes perceptivos” (p. 118).</p>
            <p>En los cuentos de Marcelo Cohen y de Mariana Enriquez, no sólo se muestra el funcionamiento de los marcos normativos, sino que se producen ciertas fisuras en ellos , de modo tal que la posibilidad de la visión impacta en la producción subjetiva de los protagonistas. La aprehensión de las vidas precarias altera el régimen de lo sensible: la aparición de los sujetos empobrecidos genera sensaciones —que van de la conmiseración al temor y al pánico—, deseos, aspiraciones, y la puesta en acto como efecto de algunas de esas afecciones. Estas ficciones exponen los marcos de reconocimiento no solo en su eficacia sino también en su vulnerabilidad, se deslizan hacia el momento en que el marco rompe con su contexto. Butler considera que los marcos están sujetos a una estructura reiterativa, son eficaces en su reproducibilidad, pero a la vez su reproducción es el lugar donde es posible una ruptura. Los cuentos trabajan la reproducción del marco y se tensan hacia el momento en que la reiteración no puede seguir operando tal cual lo venía haciendo, porque aquello que estaba afuera del marco —y a la vez lo hacía posible— perturba el sentido de realidad y obliga al marco a reorganizarse.</p>
            <p>Las ficciones ponen en escena los encuentros de los personajes con los sujetos precarios, percibidos a través de un proceso de alterificación, donde predomina la construcción de los “otros peligrosos” como amenaza. Esto puede vincularse con la noción de “cultura del peligro”, una de las características que plantea <xref ref-type="bibr" rid="B09">Foucault (2007)</xref> al definir la gubernamentalidad liberal. Según este autor, el liberalismo incorpora un mecanismo para arbitrar a cada instante la libertad y la seguridad de los individuos alrededor de la noción de peligro. En el siglo XIX emergió una cultura del peligro, que constantemente ponía en circulación, reactualizaba y animaba toda una serie de peligros cotidianos. Lorey recupera esta noción y remite la condición precaria a diferentes formas de dominio, que operan construyendo el plano social-ontológico como amenaza, frente a la cual una comunidad política debe proteger e inmunizar a algunos. La gubernamentalidad liberal utilizaba lo precario amenazador para construir a los sujetos “peligrosos”, quienes eran encasillados y marcados como otros, a la vez que posicionados dentro y fuera de la comunidad política y social como “anormales” y “extraños”. A través de estas formas de alterificación se precarizaba a “todas aquellas personas que no cumplían la norma y la normalización del sujeto blanco, libre y soberano-burgués, así como las relaciones de propiedad concomitante y que presentaban una amenaza contra estas” (<xref ref-type="bibr" rid="B13">2016, p. 49</xref>). Lorey postula que la dinámica de gubernamentalidad en las sociedades capitalistas liberales implicaba tentativas de controlar la condición precaria compartida por todos mediante el posicionamiento de los “otros peligrosos” y de los precarios en los “márgenes”, por lo tanto, estos modos económicos de subjetivación y gobierno resultaban impensables sin la cultura política del peligro, tal como la teoriza Foucault. Según Lorey, estas características de la gubernamentalidad liberal se continúan en el neoliberalismo, que produce precariedad a través de relaciones económicas, sociales y jurídicas de desigualdad, mediante categorizaciones y jerarquizaciones sistemáticas de los cuerpos y de las vidas.</p>
            <p>Las ficciones seleccionadas muestran los registros sensoriales de estos procesos de alterificación y configuran las experiencias de la cultura del peligro. Este registro sensible se cristaliza en escenas y figuras que significan una puesta en peligro permanente de “lo normal” y del orden social y simbólico, además de motivos narrativos como las “invasiones imaginarias” (<xref ref-type="bibr" rid="B13">Lorey, 2016, p. 49</xref>) y como las constantes amenazas provocadas por la enfermedad, la suciedad, la criminalidad y lo siniestro. Aparecen con recurrencia sensaciones de miedo hacia los otros, a aquellos que quedaron excluidos del compromiso entre capital y trabajo, que no cumplen la normalización del sujeto adulto, varón, blanco y burgués. En este sentido, los otros son los pobres, los migrantes, los extranjeros, y también las mujeres, los jóvenes y los niños, cuando no responden a los parámetros hegemónicos. La precariedad, al manifestar su potencial amenazador y peligroso, se configura en los relatos como un ordenamiento de los cuerpos, como construcción de relaciones segmentadas de violencia y desigualdad. Además, la cultura del peligro se encarna en un proceso de monstrificación.</p>
            <p>Mabel Moraña considera que la monstrificación es una forma de representar asimétricamente los intercambios simbólicos que conforman lo social (<xref ref-type="bibr" rid="B16">2017, p. 13</xref>). El proceso de monstrificación es inevitablemente relativo a las variables espacio-temporales y geopolíticas en las que se realiza, y, en esta dirección, se destaca su proliferación en las sociedades segregadas y pauperizadas en las que la otredad es expulsada por los poderes dominantes a las afueras del sistema, a una zona indeterminada de desamparo y de desesperanza. Moraña postula que esa expulsión se dramatiza en la figura del monstruo, materializada en torno a una serie de rasgos estético-ideológicos. Además, agrega que, en el caso de América Latina, lo monstruoso suele estar asociado a los grupos o individuos marginados, explotados y subalternizados por los poderes dominantes (<xref ref-type="bibr" rid="B16">2017, p. 294</xref>). De modo que el recurso de lo monstruoso contribuye también a canalizar los miedos y las ansiedades generados por el proceso de encuentro social y cultural, y por las tensiones y luchas que lo acompañan (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Moraña, 2017, p. 293</xref>).</p>
            <p>En las ficciones seleccionadas, la caracterización de los sujetos empobrecidos se construye a través de la combinación de diversas figuras e imágenes de lo monstruoso. Los sujetos precarios aparecen como cuerpos mixturados, informes, impuros y mutantes, como una amalgama de restos o mezclas amorfas entre lo humano y lo no humano (cuerpos en devenir animal o vegetal), entre naturaleza y cultura (cuerpos y voces que se acoplan con lo bestial y lo salvaje), entre lo vivo y lo muerto (cuerpos como zombis y espectros). A esto se agrega lo que <xref ref-type="bibr" rid="B09">Foucault (2007)</xref> conceptualiza como monstruo moral: personajes donde lo monstruoso se vincula con comportamientos perniciosos o ilegales; o con los daños, los trastornos, las injurias que los monstruos significan para el orden social. Aparecen personajes que defraudan o subvierten los códigos de civilidad, los marcos legales, las disposiciones morales y los buenos comportamientos: malos ciudadanos que ensucian y manchan el espacio público, que generan destrozos y disturbios; la mala madre que descuida y maltrata a sus hijos; los malos pobres que no son condescendientes ni agradecidos con la caridad recibida. Lo monstruoso actualiza el repertorio de miedos y fobias sociales, el pobre-monstruo se convierte en una figura amenazante que trae una serie de atentados negativos: peligrosidad, suciedad, contaminación, contagio, criminalidad, alboroto, la catarata de todos los males y todas las desgracias. En este sentido, el pobre-monstruo genera recelo, aprensión, rechazo, asco en los otros personajes de los relatos, y la relación (im)posible se basa en el distanciamiento. Sin embargo, no suscita una valoración unívoca, un solo repertorio de sensaciones, o una única disposición afectiva. El pobre-monstruo también provoca fascinación: curiosidad exotista, deseo de conocimiento, compasión y ansia de protección, gestos de cuidado. A la vez aparece la visión idealizada de la pobreza, que anhela aquello del otro que el nosotros no tiene, o que ha perdido; y que sale en la búsqueda de esa existencia idealizada.</p>
            <p>En la configuración de estas apariciones de los otros en tanto vidas precarias, las narrativas dialogan con las gramáticas culturales que han representado a los pobres y a la pobreza; abrevan de los repertorios, las figuraciones y los tópicos del imaginario social. Como en un ejercicio polifónico (Bajtín), se actualizan en ellas: el discurso higienista que propulsa limpiar todo lo que los otros degradan y ensucian; el discurso médico que homologa la pobreza a una enfermedad del cuerpo social; el discurso criminalizador que ve al otro como síntoma de malestar social y causa de peligro; el discurso fetichista que transforma a los otros en objetos de consumo y mercancía capitalista; la pedagogía humanitaria que convierte al otro en objeto de asistencia y caridad; el discurso paternalista que infantiliza al otro restándole capacidad de acción y de pensamiento; la pedagogía revolucionaria que ve al otro como agente de la emancipación social. Pero a la vez, las ficciones descalabran las gramáticas de la cultura, porque los otros se resisten a las representaciones que han intentado volverlos inteligibles o domesticarlos; desestabilizan los saberes, las creencias y los discursos que rigen el funcionamiento social. En este sentido, las ficciones afectivas y perceptivas de lo precario pueden construir figuraciones de los otros como “algo inapropiado, impropio, y por tanto, quizás inapropiable” (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Haraway, 1999, p. 126</xref>).</p>
        </sec>
        <sec>
            <title>3. La expansión de los poderes perceptivos: <xref ref-type="bibr" rid="B01"><italic>La guerra de los gimnasios,</italic> de César Aira</xref></title>
            <p>Ferdie Clavino, protagonista de <xref ref-type="bibr" rid="B01"><italic>La guerra de los gimnasios</italic></xref>, puede pensarse como un sujeto al borde de la caída, es decir, como parte de esos vastos sectores de la clase media que sufrieron un proceso de empobrecimiento durante las últimas décadas del siglo pasado. Con su madre enferma, y por tanto confinada en su departamento, y con su padre desocupado, Ferdie trabaja como actor en televisión y, de ese modo, mantiene a toda su familia. La novela enfatiza esta construcción de una clase media que ve cercenadas sus posibilidades y alterados sus hábitos de consumo, en primer lugar, a través de menciones explícitas, por ejemplo, cuando se dice que viven “muy ajustados”, o, cuando Ferdie pierde su ropa en uno de los ataques al gimnasio y se lamenta porque “no podría reunir la plata para comprarse otras zapatillas buenas ni en un año” (p. 103). También se alude a esta clase media empobrecida a partir de la construcción del ámbito doméstico familiar, que, además de percibirse como un espacio “muy chico” y reducido, y con una defectuosa distribución, genera incomodidades: Ferdie debe compartir el dormitorio “minúsculo” con su hermana y, como no hay pasillo, deben atravesar el cuarto de sus padres cada vez que quieren acceder al suyo (p. 33). Esta experiencia acerca a la clase media a algunos hábitos propios de la pobreza estructural histórica, como el hacinamiento. De este modo, el protagonista se ve expuesto a los riesgos y la imprevisibilidad, e instado a los cambios y las estrategias de supervivencia inducidos por la precarización, en una situación de dislocación personal y familiar, porque los roles se ven alterados —es el hijo quien trabaja, mientras el padre permanece desempleado—, se redistribuyen los espacios de lo público y lo privado —son el padre y la madre los que se quedan en la casa—, las pautas de consumo se modifican a partir de nuevas restricciones y las necesidades arrecian.</p>
            <p>Aun cuando Ferdie y su familia sufren los efectos del empobrecimiento, los precarios son los otros, los cirujas y los cartoneros, de modo tal que la novela construye formas diferenciales de la pobreza: la propia, que no puede reconocerse del todo, y la ajena, circunscripta a sujetos diferentes y foráneos. En dos oportunidades, Ferdie se cruza con los cartoneros que se movilizan con sus carritos en búsqueda de los restos que pueden recolectar de la basura. Ambos encuentros suceden al anochecer, porque los cartoneros hacen sus recorridos en “la caída de la noche, entre la hora que la gente sacaba la basura y el paso de los camiones que se la llevaban” (p. 64), momento en que las calles de Flores están “muy oscuras” (p. 32), dejando algunos sectores en “la más negra tiniebla” (p. 63). Por tanto, uno de los primeros rasgos que asume la configuración de los cartoneros en la novela es su condición de colectivo abstracto e indefinido: “sombras” y “figuras recortándose en la media luz” (p. 64).</p>
            <p>La caracterización de estos sujetos, construida a partir de los encuentros de Ferdie y de su focalización narrativa, se configura no tanto en función de rasgos propios y peculiares, sino, sobre todo, a partir de aquello que marca la diferencia. Mientras Ferdie es “pura luminosidad, puro brillo, aun en las tinieblas” (p. 32), los cartoneros se le presentan “ocultos en las sombras”, como “pinturas nocturnas” (p. 32), y su mirada, “aunque debía de ser una vista precisa y penetrante, era oscura” (p. 64). A esta contraposición entre luminosidad/brillo y oscuridad/sombras se agrega una concepción diferente de la necesidad, que hace que las preocupaciones de ambos sujetos también sean distintas. Mientras la necesidad de “la gente corriente” es de tipo “combinatoria”: si no hacen esto, hacen otra cosa, sin que ninguna de las opciones implique un cambio sustancial en sus trayectorias; los cartoneros tienen “una clase de necesidad que estaba ausente en las idas y venidas de la gente de Flores” (p. 64). La necesidad que manifiestan los cartoneros está vinculada con “lo definitivo”, sin acceso a escoger entre varias alternativas, plantean “una cuestión de vida o muerte: si no hacemos esto, perecemos” (p. 64). Por tanto, su actividad de recolección se encuentra directamente relacionada con la supervivencia, y, en varias oportunidades, la novela destaca que los cartoneros son “gente preocupada por sobrevivir” (p. 64, 65, 119), en oposición a “nosotros”, “gente civilizada y urbana que ya no estamos preocupados por la supervivencia” (p. 119).</p>
            <p>Esta caracterización de los cartoneros, realizada en términos diferenciales y opositivos respecto de las clases medias, y combinada con los rasgos sombríos e indefinidos que les provee la nocturnidad, permite pensar en la figuración de los sujetos precarios como versiones espectrales, sujetos que no son completamente reconocibles como sujetos. Los cartoneros, con sus rostros ensombrecidos, con sus nombres y sus voces ausentes, solo adquieren inteligibilidad como conjunto, donde lo común prevalece por sobre cualquier atisbo de singularidad, de modo tal que en la novela se construye una desrealización de los otros, tornándolos apariciones fantasmáticas que acechan en lo oscuro de la noche. Estas figuras están fuera de las normas de la vida, expuestas a los daños, a la violencia y a la muerte, y encuentran suspendido su estatus político y legal (<xref ref-type="bibr" rid="B03">Butler, 2006</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B05">2010)</xref>. En tanto espectros, los sujetos empobrecidos se constituyen como una de las formas posibles de lo monstruoso: la mixtura entre la vida y la muerte, las vidas que no son reconocidas como vivas y a la vez están demasiado expuestas a la inminencia de la muerte (<xref ref-type="bibr" rid="B03">Butler, 2006</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B05">2010)</xref>.</p>
            <p>Pero, además, la configuración de los cartoneros puede relacionarse con la concepción del monstruo en tanto alteridad amenazante, vinculada con lo que anteriormente describí como cultura del peligro, donde los otros son caracterizados como externos, en tanto no terminan de pertenecer al espacio, al imaginario y al tejido social del nosotros, y como síntoma de incomodidad y temor. Su recorrido por la ciudad es descrito como una “invasión” y su presencia es percibida como ajena, proveniente un afuera “lejano” e “inimaginable”, observada solo en determinado momento del día, “con el crepúsculo” (p. 63), y no como parte de un entramado urbano y social común. Asimismo, su presencia provoca cierto recelo: “Aunque pacífica, la invasión tenía un regusto amenazante” (p. 64).<xref ref-type="fn" rid="fn06">6</xref> Esta percepción, capturada por sensaciones ligadas al malestar y la intimidación, no implica un reconocimiento del otro, en tanto práctica entre sujetos, sino solo su mera aprehensión.</p>
            <p>Butler distingue entre “aprehender” y “reconocer” una vida, donde la aprehensión puede implicar marcar o registrar, sin un pleno reconocimiento del otro (<xref ref-type="bibr" rid="B05">2010, p. 18</xref>). La novela de Aira narra dos modos de la aprehensión: el acto de registro de las vidas precarias por parte del protagonista y la posibilidad de aprehender que algo no es, ni puede ser, reconocido, porque no es una vida considerada legible según los marcos normativos que otorgan la reconocibilidad. Y esto sucede a partir de que el régimen óptico y las (im)posibilidades de la mirada son convertidos en un dispositivo central que funciona en varios niveles: como factor determinante para la configuración del punto de vista y la caracterización de los personajes, como elemento que dinamiza la trama, como objeto de marcaciones y reflexiones explícitas. De este modo, aunque en efecto la novela construye figuraciones de los pobres, su momento más interesante no es cuando caracteriza a estos sujetos sociales, sino cuando convierte a la posibilidad de percibir, o no, en motivo literario y en dispositivo de creación estética, es decir cuando indaga el problema epistemológico de reconocer las vidas. <xref ref-type="bibr" rid="B01"><italic>La guerra de los gimnasios</italic></xref> trama, no solo el empobrecimiento de vastos sectores y el surgimiento de una pobreza múltiple y heterogénea, sino, fundamentalmente, los modos en que estas nuevas formas de precariedad son ilegibles para la mayor parte de la población, que no puede siquiera reconocerlas como vidas dignas de ser vividas y protegidas.</p>
            <p>En la guerra entre los gimnasios de Flores, los concurrentes del Chin Fú adoptan una actitud deliberada cuando acontecen los ataques: actúan como si nada ocurriera, continúan con sus actividades sin prestar siquiera atención a los embates y destrozos, de modo tal que su estrategia principal consiste en practicar “una indiferencia forzada, impuesta, como una voluntad” (p. 10). Aun cuando los ataques aumentan su intensidad y virulencia, y, por ejemplo, llegan a ejecutarse diez embestidas en tan solo una hora, aun cuando la situación parece ser “insostenible”, la actividad continúa su curso, es más “el grueso de los esfuerzos se concentraba en que la actividad prosiguiera como si nada pasara” (p. 58). Por lo tanto, en medio de la guerra, los miembros del Chin Fú predican “una abstinencia militante” que consiste en permanecer impávidos, demostrando una “abstracción completa” de los acontecimientos que los rodean, y, cuando el conflicto acecha, mirar para otro lado (p. 59).</p>
            <p>En el relato se dice que el mundo personal de Ferdie está lleno de “tabúes de atención”: no sabe si su padre usa bigote porque “siempre se prometía mirar disimuladamente y nunca lo hacía” (p. 41), sigue fielmente las instrucciones de no prestar atención a los ataques que se suceden en el gimnasio, además, cuando los fisicoculturistas avanzados se reúnen a ensayar posturas de competición ante el espejo, no se atreve a observarlos abiertamente, quedando sometido a “un estado nervioso de mirarlos y no mirarlos a la vez” (p. 41). Por eso Ferdie anhela la libertad de los niños pequeños, capaces de “mirar las cosas de frente, sin disimulos”, mientras que él experimenta la percepción ante todo como una limitación y una dificultad. Intimidado por la presencia de los otros no puede fijar en ellos su observación: “habría tenido que estar solo en el mundo para poder mirar a su prójimo a gusto” (p. 41).</p>
            <p>El principal tabú de atención que manifiesta Ferdie es su incapacidad para mirar el desarrollo de la enfermedad de su madre. Esta imposibilidad trasciende lo meramente personal para convertirse en una experiencia filial compartida. En la familia de Ferdie asumen como un “tácito acuerdo” la costumbre de no prender nunca la luz de noche, por tanto, cenan “bajo los penumbrosos colores” que desprende la pantalla, siempre encendida, del televisor (p. 34). La “lebrosis” que padece su madre provoca en ella “una suerte de transformación: el labio se hendía, la piel se cubría de un vello lanoso y las orejas crecían en punta hacia arriba” (p. 36); de modo tal que el avance de la enfermedad es experimentado como un “mal” que deforma a su madre y la convierte en “un monstruo” (p. 36). Ante aquella monstruosidad que ha invadido el espacio íntimo y la tranquilidad familiar, la actitud es similar a la que se propone en el gimnasio Chin Fú: dejar velada la otredad en las sombras, evitar detener en ella la atención, continuar viviendo como si no pasara nada. Y la percepción limitada y obturada se termina naturalizando: “estaban muy acostumbrados a verse bajo esa iluminación” (p. 34), a relacionarse en penumbras.</p>
            <p>Al momento de narrar las apariciones de los cartoneros, la novela efectúa un pliegue del espacio público sobre el espacio privado: la percepción limitada o negada se replica de lo micro —el interior de la casa, las relaciones intrafamiliares— a la construcción ampliada del espacio social en su conjunto —la calle, el barrio, las relaciones con los otros sujetos sociales. Esta continuidad entre lo público y lo privado es experimentada por el propio Ferdie cuando se cruza con los cirujas y, alcanzado por “las caras horribles que se interceptaban a su paso, con gesto amenazante y temeroso a su vez”, “sintió, sin pensarlo, que <italic>no iba a su casa sino que ya estaba en ella</italic>” (p. 31-32, cursiva propia). Los cartoneros permanecen “ocultos en las sombras” y Ferdie “hundido en sus pensamientos, no notaba nada, y hacía de modo automático el trayecto recorrido mil veces” (p. 32). Las idas y venidas de “la gente de Flores” pueden repetirse “como un espectáculo interminable” (p. 64) sin que sus traslados se vean interceptados por la presencia de los cartoneros y cirujas.</p>
            <p><italic>La guerra de los gimnasios</italic> no tematiza únicamente la capacidad de los sectores medios de abstraerse y resultar indiferentes frente al avance de la pobreza estructural, o al menos no pretendo reducir la lectura a esa interpretación más evidente. La novela, al insistir en escenas donde la percepción aparece limitada, obliterada o deformada, exhibe la presencia de los marcos que rigen lo perceptible, ejerciendo una función delimitadora y selectiva, a través de la cual se posibilita el reconocimiento de determinada zona, a la vez que queda excluida una porción importante del campo visual (<xref ref-type="bibr" rid="B05">Butler, 2010, p. 110</xref>). Entonces lo relevante ya no sería dilucidar que está dentro y fuera del marco, qué se reconoce como vida humana y qué no adquiere esa condición, qué se incluye dentro del campo de visión del protagonista y qué queda omitido, sino más bien el énfasis que la instancia narrativa pone en señalar que no todo puede ser percibido por los personajes y en construir marcaciones de todos los vacíos de atención, o zonas ciegas para la visión. De esta forma, el relato no trabaja en la dirección de otorgar visibilidad a los sujetos negados o invisibilizados, función que suele atribuirse a la literatura social, sino más bien repone la opacidad de esos sujetos y esas vidas, que si aparecen lo hacen como colectivo indefinido y como figuras espectrales. La novela más bien insta a la pregunta por la reconocibilidad de la vida como tal: “¿qué permite a una vida volverse visible en su precariedad y en su necesidad de cobijo y qué es lo que nos impide ver o comprender ciertas vidas de esta manera?” (<xref ref-type="bibr" rid="B05">2010, p. 80</xref>). Según Butler, la norma de lo humano opera a través de marcos visuales y narrativos, que tienen un carácter coercitivo en tanto limitan lo que se puede percibir y hasta lo que puede ser (<xref ref-type="bibr" rid="B05">2010, p. 143</xref>). Esta norma es un diferencial de poder que debemos aprender a evaluar cultural y políticamente, y a impugnar en sus operaciones diferenciales: “tenemos que interrogarnos sobre las condiciones bajo las cuales se establece y se mantiene la vida que vale la pena, y a través de qué lógica de exclusión, de qué prácticas de borramiento y nominación” (<xref ref-type="bibr" rid="B03">Butler, 2006, p. 65</xref>).</p>
            <p>Cuando Valencia se detiene a analizar los propósitos de Hokkama, principal oponente de Chun Fú en la guerra de los gimnasios, dice que todo parte de “una hipótesis sobre la percepción” (p. 117). Valencia explica que los seres humanos aprehendemos el mundo en que vivimos a través de los sentidos, pero, como los estímulos que recibimos son excesivos en cantidad, profusos, innumerables; estamos provistos de “un mecanismo de embotamiento de las percepciones” (p. 117) que nos permite sobrevivir evitando que el cerebro estalle por sobrecarga eléctrica. Este “mecanismo de la atención” se manifiesta como “un enfocamiento” a través del cual “entre miles de ruidos, músicas, palabras, registramos nada más que un hilo sonoro que nos concierne”, de manera que “oímos solo lo que escuchamos” (p. 117-118). Sin embargo, Valencia reconoce que no estamos condenados a las limitaciones perceptivas, hay drogas que inhiben el selector de atención y también existe el arte. El arte “ha sido desde siempre el método ‘natural’ para alcanzar la misma expansión de los poderes perceptivos” (p. 118). En este caso, la literatura no muestra todo lo que permanece en el campo de lo no visible, sino más bien replica esa oclusión. Y de ese modo, al construir una serie de “mecanismos de embotamiento”, y a la vez explicitar su modo de operar con reflexiones metaliterarias como la descripta anteriormente, ejerce una fisura en la reproducción de los marcos que gobiernan la reconocibilidad relativa y diferencial de las vidas. La expansión de los poderes perceptivos implica en principio “aprender a ver el marco que nos ciega respecto a lo que vemos”, reconocer el marco coercitivo, el conductor de la norma deshumanizadora, que confina a muchos otros a la condición de monstruos, o de espectros, a “la violencia de la desrealización” (<xref ref-type="bibr" rid="B05">Butler, 2010, p. 143</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B03">2006, p. 60)</xref>.</p>
        </sec>
        <sec>
            <title>4. Ficciones de una precariedad extendida</title>
            <p>“La precarización no es ninguna excepción, sino que es la regla. Se extiende por todos los ámbitos que hasta ahora eran considerados seguros.” <xref ref-type="bibr" rid="B13">(2016, p. 17), afirma Isabell Lorey</xref>, al referirse a los modos en que la precarización se transforma, en el neoliberalismo, en un instrumento político-económico normalizado. Las ficciones configuran, con diversas estrategias compositivas, las experiencias y sensaciones de una precariedad en expansión, es decir, ya no circunscripta a la desprotección de ciertos sectores vulnerables, sino el proceso por el cual la sociedad en su conjunto va volviéndose cada vez más precaria, perdiendo la seguridad y la estabilidad, que la caracterizaban en momentos históricos anteriores, en que se intentó consolidar un Estado de bienestar en los países de América Latina, o, especialmente en Argentina, en que una ampliada clase media se sentía protegida social y económicamente. De este modo, las ficciones de lo precario narran el impacto que tuvo el neoliberalismo en las subjetividades y las vidas que antes habían gozado de mayor contención, habían sido sujeto de derechos y moldeado su experiencia a partir de la aspiración a la movilidad social ascendente y a un imaginario de lo público, donde las instituciones de servicio y seguridad social estaban mayoritariamente a cargo del Estado, y ahora ven erosionados esos modos de funcionamiento de lo social. En este sentido, las ficciones de lo precario dan cuenta de las frustraciones ante el resquebrajamiento de la fantasía de una sociedad más igualitaria; a la vez que alojan las sensaciones de temor y angustia que genera la proliferación de vidas devenidas precarias.</p>
            <p>Con el aumento de la fragmentación y la heterogeneidad social, las relaciones con los otros se tornan parte de una experiencia común y cotidiana, cada vez más frecuente , que inquieta y conmueve. Las ficciones construyen los trazados sensibles que se arman y desarman ante la percepción del otro cultural y social, así como las posibilidades de su aprehensión y su nominación con las gramáticas culturales disponibles. La precariedad no se encuentra confinada a la pobreza estructural, sino que se amplifica y circula por diferentes espacios, cuerpos, modos de subjetivación, vidas; y tampoco se circunscribe al trabajo remunerado —lo que suele denominarse flexibilización y precarización laboral— sino que se extiende a todos los ámbitos de la existencia. Las ficciones de lo precario construyen una experiencia atravesada por la vulnerabilidad, la fragilidad, la incertidumbre y el riesgo. Estas narrativas prefiguran el pasaje de “el otro como vida precaria” al reconocimiento de la precariedad como una experiencia extendida y compartida del “nosotros”; como si, con el avance virulento del neoliberalismo, no pudiéramos dejar de constatar que “precarios somos todos”. Las fronteras entre los sujetos incluidos y los excluidos, entre las vidas protegidas y las vidas precarias, entre el adentro y el afuera, entre el centro y la periferia, dejan de ser operativas porque se vuelven porosas y se disuelven, al multiplicarse las experiencias de cruce, de pasaje, de caída social, de nomadismo y de diáspora. De modo tal que, a las sensaciones de temor, amenaza y peligrosidad que despiertan los otros precarizados se agrega el miedo ante la precarización inminente de la propia vida, miedo a quedarse sin trabajo, a no conseguir otro empleo, a no poder pagar los servicios, a no tener asistencia médica, o no poder sostener los espacios de educación o de recreación, a verse ante la necesidad de renunciar a los consumos culturales y materiales acostumbrados. El miedo surge ahora frente a los peligros de la condición precaria, frente a lo imprevisible, frente a lo que no puede ser planificado, frente a la contingencia (<xref ref-type="bibr" rid="B13">Lorey, 2016, p. 95</xref>).</p>
            <p>Tal como vimos a lo largo de este artículo, las ficciones configuran la experiencia a través de un dispositivo escópico que pone en el centro la cuestión de la mirada, exhibe los marcos de reconocimiento y construye series metonímicas para figurar a los otros en tanto sujetos precarios. Al mismo tiempo, los textos elaboran un proceso de monstrificación, a través del cual la idea de lo monstruoso y sus imágenes asociadas sirven para producir otredad y excluir sujetos, sectores sociales y proyectos que no se corresponden con el modelo dominante. El proceso de monstrificación se vincula en los textos con la diseminación del miedo al otro, a ese otro que reside en la exterioridad de lo mismo (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Moraña, 2017, p. 407</xref>). Se construye al otro como monstruo, como sujeto mixturado, entre lo humano y lo animal/lo bestial, entre lo vivo y lo muerto, que, en tanto sujeto precario, se percibe como peligroso y amenazante, como causa de los males, las desgracias, el desorden y la desintegración social. Las figuras e imágenes de lo monstruoso predominantes en los textos se componen por contraposición a las nociones de humanidad, orden, normalidad, higienismo, disciplinamiento, y provocan variedad de sensaciones: de la fascinación al temor espeluznante, de la atracción al rechazo.</p>
            <p>Cual resto que excede las limitaciones del marco diferencial, las vidas precarias emergen en los intersticios dejados por la pujanza del intercambio global, las promesas de crecimiento y modernización de las políticas neoliberales, los espacios y las prácticas cultivados por quienes han sido favorecidos por el modelo. La aparición intempestiva de lo precario vuelve visible todo lo que ha quedado roto a la sombra del proyecto hegemónico: los cuerpos, las vidas y las lenguas que la racionalidad neoliberal descarta , condenándolas al abandono, la desprotección y las múltiples formas de violencia.</p>
        </sec>
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            <fn fn-type="other" id="fn01">
                <label>1</label>
                <p>Este artículo retoma y divulga algunos de los resultados de la investigación realizada en mi Tesis doctoral, titulada “Sentir el cambio. Literatura argentina, experiencia y neoliberalismo”, dirigida por la Dra. Miriam Chiani, entregada el 17 de noviembre de 2023 y defendida el 19 de abril de 2024, para obtener el grado de Doctora en Letras, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. La Tesis aborda los vínculos entre literatura y sociedad, más específicamente los solapamientos, las conexiones y los lazos que pueden trazarse entre la narrativa argentina de las últimas tres décadas y el neoliberalismo.</p>
            </fn>
            <fn fn-type="other" id="fn02">
                <label>2</label>
                <p>Las investigaciones sociológicas han acuñado el término “nuevos pobres” para aludir a los sectores de la sociedad, pertenecientes a las clases medias, que han visto caer sus ingresos a niveles en los que no pueden cubrir una canasta básica de bienes y servicios, a diferencia de los “pobres estructurales”, quienes tienen necesidades básicas insatisfechas por tanto sufren carencias básicas de infraestructura sanitaria y de vivienda, además de tener una trayectoria de vida signada por la necesidad y la carencia (<xref ref-type="bibr" rid="B14">Minujin; Kessler, 1995</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B12">Kessler; Di Virgilio, 2008)</xref>.</p>
            </fn>
            <fn fn-type="other" id="fn03">
                <label>3</label>
                <p>Al mencionar a los “otros”, me refiero a sujetos marcados por la diferencia social, económica y cultural, específicamente en este artículo, a sujetos sociales afectados por la pobreza, o en proceso de empobrecimiento, atravesados por la vulnerabilidad, la marginalidad o la exclusión; por consiguiente, la percepción de los “otros”, por parte de los personajes, designa una relación de alteridad, con las dinámicas de diferenciación que esto implica (los “otros” como un colectivo que se distingue del “nosotros”). Hecha esta aclaración, a continuación, no utilizaré comillas al mencionar a los “otros” —para no sobrecargar de marcas tipográficas—, pero en todos los casos aludiré a este sentido del término.</p>
            </fn>
            <fn fn-type="other" id="fn04">
                <label>4</label>
                <p>Es importante señalar algunos estudios que abrevan de la noción de precariedad para pensar la literatura, el cine y otras producciones culturales contemporáneas. <xref ref-type="bibr" rid="B02">Laurent Berlant (2020)</xref> propone la noción de “optimismo cruel”, como una relación que se establece cuando aquello mismo que se desea obstaculiza la prosperidad, estudia los registros sensoriales de las crisis e identifica “una estética de la precariedad” a partir de un archivo de expresiones artísticas europeas y estadounidenses. Gabriel Giorgi recupera algunos textos de Clarice Lispector para postular un desplazamiento “del pobre al precario”: las retóricas culturales de la pobreza predominantes durante gran parte del siglo XX son reemplazadas por retóricas de la precariedad que ponen en el centro un “viviente”, cuya naturaleza, cuyas éticas y cuyas políticas desacomodan aquellas que se anudan en torno a lo humano (<xref ref-type="bibr" rid="B10">2017, p. 153</xref>). <xref ref-type="bibr" rid="B17">Fermín Rodríguez (2022)</xref> construye un dispositivo teórico que también privilegia la noción de precariedad y analiza ficciones que exponen la imbricación entre vida y política en espacios de vida precaria, excluida del orden jurídico de la ciudadanía.</p>
            </fn>
            <fn fn-type="other" id="fn05">
                <label>5</label>
                <p>Todas las citas de los textos literarios analizados se corresponden con las fuentes indicadas en las “Referencias bibliográficas”, por tanto se indicará únicamente el número de página.</p>
            </fn>
            <fn fn-type="other" id="fn06">
                <label>6</label>
                <p>Respecto a la tarea que los cartoneros realizan en las calles de Flores se destacan dos cuestiones: el carácter familiar de un emprendimiento que se realiza junto con mujeres y niños (64), y la necesidad de cierta precisión y entrenamiento al momento de revisar las bolsas de basura y rescatar lo que puede servir: “las examinaban con mirada precisa” y “penetrante” (p. 64).</p>
            </fn>
        </fn-group>
        <ref-list>
            <title>Referencias bibliográficas</title>
            <ref id="B01">
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                    <chapter-title>El poder del duelo y la violencia</chapter-title>
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                    <article-title>Performatividad, precariedad y políticas sexuales</article-title>
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